Cosas de familia

El espíritu comunero es una manera de sentirse español como otra cualquiera y el Día de la Comunidad una herencia discutida en esta familia forzosa que es Castilla y León.

Sabios y listillos

Todo es líquido en esta sociedad que nos está tocando vivir. Todo es líquido, ya lo estudió Zygmunt Bauman antes incluso de ver como nos escurrimos de las sillas.

A fin de cuentas

Desde que el Partido Popular ha cambiado su gaviota (o su charrán, según quien mire) por una encina no deja de mostrarse más enraizado a tierra. Abandona las evocadoras piruetas sobre el ocaso en cualquier Atlántico o Mediterráneo para sujetarse fuerte a la dehesa, al páramo y a la meseta en la sabiduría vieja y la savia densa.

Cofrades sin luz

De los que aguardan al silencio en silencio apretando bien las manos en los bolsillos. De esos que antes fueron de la mano y ahora cogen de la mano en la misma esquina, arropados tan solo por la muchedumbre.

El feudalismo académico

Castilla y León es el alma de esta maltrecha España. Un poso pausado y sabio, casi siempre callado. Que no rompe el silencio si no es para mejorarlo, como aconsejaba Beethoven. Que respira hondo en el cielo que se despliega como un océano sobre el páramo y que inspira puro en las desafiantes montañas que la cercan.

Abandonados pero nuestros

Hay tantos pueblos cuyo único patrimonio es ya un pedazo de cielo, un puñado de tierra y ásperas voces de la memoria con sombrero que pueden contarse con los dedos. Todo eso, y nada menos que eso, que ojalá todos pudiéramos sentir el cobijo de los siglos abrigados por el legado genealógico de “una casa solariega y blasonada” con “el retrato de un abuelo que ganara una batalla” como se lamentaba León Felipe.

Huelga a la carta

No todo vale para defender una causa justa. La huelga feminista esconde bajo un lema difícilmente cuestionable una letra pequeña en su manifiesto que la tiñe de ideología y de revanchismo.

Bodas de coral y amapola

Lo bueno de las efemérides es que se repiten una vez al año y cada lustro alcanzan de forma inevitable uno de esos números redondos (que es cualquier múltiplo de cinco) en los que toca conmemoración. Las efemérides se han convertido en un santoral pagano, una versión posmoderna del Calendario Zaragozano que en vez de predecir el tiempo avanza titulares y grandes fastos irrepetibles (al menos durante los cuatro años siguientes).