El frío

Lo bueno de secarse es dejar de sentir frío. Dejar atrás un verano bañado en palabras mojadas que cayeron al sacudir la toalla. Gotearon breves, con la eternidad de un instante, y se evaporaron antes de que el sol envejezca a media tarde. Con las chaquetas agoniza este verano imprescindible, pero en la memoria. Inolvidable…

El nombre de las sombras

Porque escribo tanto de las sombras podrías llamarme sombrío. Pero me escondo del sol sin melancolía, solo busco el arrullo de templanza, la caricia suave y fresca detrás de tus ramas.

La edad del verano

Solo la fruta madura en verano.  Es muy difícil hacerse mayor estos meses de hedonismo obligado y necesario, incluso para los que hemos tenido el privilegio de nacer en esta dulce y sofocante época del año.  Madurar en verano es como un recreo con deberes. Aún así y sin remedio conocido, uno va y se…

Habladme de mí

Volverán distintos. Aunque no se note ni en la mirada. Regresarán siendo otros, a pesar de vestir la misma camiseta y los mismos pantalones cortos que cuando partieron. Irse para no retornar nunca como te fuiste, para saber que una nueva sombra se coserá a tus pies mientras exprimes el destino. Cada viaje te cambia.

La primera rebelión

El verano intermitente avanza dejando charcos sedientos como si le faltasen un par de primaveras. Aún imberbe, un día se despierta agosto y a la mañana siguiente ansía con ser el octubre que arranque todas las hojas. Este verano indeciso en una España que también ha perdido la vocación y ahora no sabe qué quiere ser de mayor.

Con el cielo caído

Alguna mañana me levanto con el cielo caído. Lo presiento al poner el primer pie a tierra de la cama. Lo confirmo al ir recogiendo la persiana y comprobar que hoy no sube como de costumbre. Asumo que no lo comprendan, no se preocupen.

Báilame el miedo

Nadie sueña con ser quien es. Ni siquiera en primavera. Ni siquiera con una copa de vino manchando la noche. Nunca terminas de zurcir mis alas rotas por los sirocos de silencio envenenado. Nunca.

Déjame que baile cuando vengan los gitanos

La furia domada en los botines y desbordada en la mirada. Las manos en tensión, los músculos se marcan. Los claveles, que florecen en el pelo, se suicidan en el suelo abatidos por el “quejío” que pregona el incendio de las tablas. Es un instante y a la vez la vida entera. Como canta Andrés Suárez, “la vi bailar flamenco y me cambió la vida” porque toda una existencia cabe en un tango y en una seguidilla. Golpea el alma y se me agarra el zapateado a las raíces gitanas que no tengo.