Volverán distintos. Aunque no se note ni en la mirada. Regresarán siendo otros, a pesar de vestir la misma camiseta y los mismos pantalones cortos que cuando partieron. Irse para no retornar nunca como te fuiste, para saber que una nueva sombra se coserá a tus pies mientras exprimes el destino. Cada viaje te cambia. Mucho o poco. Un puñado de células o hasta los hoyuelos de las mejillas. Es un comprimido de tiempo y espacio que equivale a seguir viviendo durante meses. Viajar es vivir de más en el mismo tiempo. Las líneas blancas de la carretera se alimentan de segundos.

Mientras cierro la maleta hoy me despido de mí. Porque a la vuelta seré otro al que ya tengo ganas de conocer. Tras cerrar la cremallera, un último vistazo a mi habitación casi en penumbra para ahuyentar al calor. Puede que cuando  regrese ya no me guste aquel cuadro o cambie de golpe los libros de la mesilla. Quizá decida dejar de colocar los zapatos bien alineados bajo el gabán. Dejo escrito en la agenda los compromisos pendientes, por si el nuevo “yo” se olvidara. Abierto el dietario por el día siguiente, por su primer día.

El viaje como catarsis, ruta iniciática, aventura imprevisible, respiro necesario… como sueño lúcido en la noche de la rutina. Sin saber si serás Ulises surcando océanos, Dante en el infierno, Quijote contra los molinos o Cela por la Alcarría. Al dar las vueltas a la llave de la puerta de casa respiras alterado. Ansioso y aterrorizado. Escurriendo el sudor frío del vértigo, como si cada viaje fuera un salto al vacío con los ojos vendados. El traqueteo de la maleta es un réquiem, el último Whastapp un epitafio.  Nervioso e ilusionado. Te vas con las gafas ocultando la impaciencia, guardando celosas los ojos vidriosos de las despedidas.

Habladme de mí cuando vuelva.

 

 

 

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