El verano intermitente avanza dejando charcos sedientos como si le faltasen un par de primaveras. Aún imberbe, un día se despierta agosto y a la mañana siguiente ansía con ser el octubre que arranque todas las hojas. Este verano indeciso en una España que también ha perdido la vocación y ahora no sabe qué quiere ser de mayor. La plurinacional o la que se arropa con las banderas, la vanguardista del nuevo Centro Botín o la que arruina los palomares olvidados en mitad de páramo, la orgullosa heredera de la Transición o la revisionista y “conspiranoica”.

Porque España, como aleccionaría Rajoy, es un país que está lleno de españoles. Unos españoles asolados por el mal de esta segunda década del siglo XXI. Tan obsesionados por definirse que acaban difusos al etiquetarse demasiado. Vivimos más preocupados por encajar en las palabras que por encontrar las palabras que se ajustan a nosotros. Y así nos cruzamos cada mañana, y nos damos los “buenos días”disfrazados con los términos del espejo. Atascados en adjetivos dos tallas pequeños o bailando dentro de adverbios que arrastran.

Vivimos más preocupados por encajar en las palabras que por encontrar las palabras que se ajustan a nosotros. Y así nos cruzamos cada mañana, y nos damos los “buenos días”disfrazados con los términos del espejo. Atascados en adjetivos dos tallas pequeños o bailando dentro de adverbios que arrastran.

El progreso nos ha ganado la primera batalla. Quién sabe si algún día llegará la rebelión de las máquinas que tantas veces ha profetizado la literatura y el cine. El apocalipsis del creador engullido por sus criaturas. Pero el lenguaje que nos hizo únicos ya nos ha vencido porque nos ha dominado. Somos esclavos de lo políticamente correcto, estamos sometidos por demostrar la diversidad de lo diverso o en la necedad igualitaria de separar los plurales por género. Nos censuramos para no herir ansiosos por protestar ofendidos. Esposados por las palabras que nos hacen libres. España (que todavía somos todos) busca sus etiquetas y se olvida de ser, que es la única forma de explicarse.

Ayer por la tarde cayó una tormenta de verano. El verano se reivindicó verano en vendaval, lluvia y truenos. Sin complejos. Pasaron dos señoras con su bolsa en la cabeza.

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