Columna para El Reverso.

La democracia española no sabe qué hacer con sus mayores. No deja de ser una paradoja en un país donde cada vez hay más abuelos y menos nietos. Pero para nuestras instituciones cuarentonas los ex  comienzan a ser un problema. La demografía y la política cada vez están más alejadas, fíjense sino en lo poco que se parece “la España vacía” de Sergio del Molino a la “España de las oportunidades” que nos intentar vender desde las tribunas.  Porque la política procrea y mata líderes en progresión bisiesta, cada cuatro años.

Hasta la era de la regeneración, el Senado era la prejubilación de los expresidentes y altos cargos de las autonomías. El balneario sereno y bien pagado por los servicios prestados. Fue una solución necesaria porque nuestro Estado de 17 autonomías y 2 ciudades autónomas genera muchos abuelos de las regiones y en estas tribus aún no tenemos consejo de sabios.  Una residencia pública de traje y corbata; una apuesta por el “envejecimiento activo”. Pero hasta ahora nadie se había planteado qué hacer con el escaso puñado de expresidentes del Gobierno, y mucho menos, dónde colocar a un monarca emérito.

Puede que salga a cuenta el modelo de Estados Unidos. Una fundación y una biblioteca en la que mantenerlos entretenidos, perdidos entre las filas de estantes y las cenas benéficas. Donde sepan bien dónde termina su epígrafe y puedan poner el dedo en el punto y final de su legado.

El dilema ha rebrotado en la crisis de los 40, en el cuarenta aniversario de nuestra democracia. El Rey Juan Carlos, protagonista indiscutible de la Transición, no pudo acudir al acto en el Congreso de los Diputados para seguir dejando el foco al actual monarca pero también porque el protocolo no preveía la presencia de dos reyes en el hemiciclo. Quizá sí que hubieran sido demasiados con varias bancadas llenas de republicanos. Aún así es un absurdo protocolario que recuerda a los absurdos burocráticos, como le pasó a mi amigo Guillermo que en plena cara le espetaron no hace mucho que “no existía”. Juan Carlos tampoco existe para el protocolo de la cámara democrática que ayudó a rediseñar. Tan solo le reserva un nicho en El Escorial. No estaba el monarca emérito pero sí los expresidentes del Gobierno, del Congreso y del Senado, del resto de instituciones…. Todos aquellos con los que compartió su reinado. Un ajedrez con alfiles, caballeros y torres, pero sin rey.  Si aún viviera Adolfo Suárez habría recibido el homenaje bajo los tiros de la banda de Tejero y Don Juan Carlos emocionado en el sofá de palacio.

En España, los expresidentes no son abuelos, son suegros. De los que incordian más que ayudan. Aznar y su colección de zancadillas y malos gestos a Rajoy, como renegando siempre de haberle entregado a su hijo. González y Zapatero por Venezuela y sin hablarse, enzarzados en el drama de ultramar ante la atónita mirada del Ministerio de Exteriores. Puede que salga a cuenta el modelo de Estados Unidos. Una fundación y una biblioteca en la que mantenerlos entretenidos, perdidos entre las filas de estantes y las cenas benéficas. Donde sepan bien dónde termina su epígrafe y puedan poner el dedo en el punto y final de su legado. Donde buscarse en la Historia y dejarse de historias.  Así también será más sencillo organizar los homenajes.

 

Anuncios