La ejemplaridad imperfecta

Columna para El Reverso.

En política las alegrías duran más bien poco, son escurridizas y engañosas como la sombra de estos días de verano en primavera. Los políticos deben salvar la vida al menos una vez a la semana, son patos amarillos de feria dando vueltas boca arriba y boca abajo ante un pelotón de fusilamiento público cada vez más hábil con las escopetas. La ejemplaridad además de ser una exigencia de la ciudadanía se ha convertido en la munición preferida del fuego amigo.

En Castilla y León no solo los periodistas se encargan de denunciar los comportamientos impropios de los políticos y cargos públicos. El rencor de partido sigue siendo más fuerte que la curiosidad periodística y está levantando todas la alfombras de las sedes y de las casas. Puede que las primarias sean la forma más democrática de elegir candidatos, pero quizá también la fábrica de enemigos cercanos más potente de los últimos años. Esta semana el secretario general del PSOE de la comunidad (que opta a revalidar su liderazgo) ha sido la última víctima de las ratas de archivo y de expediente. Rebuscando y rebuscando le han encontrado una multa de tráfico por alcoholemia del año 2008. Un error reprochable y por el que pagó su sanción, que recuerda a otros muchos trapos sucios de épocas pasadas que de repente salen a la luz importando poco dejar rastro en unas u otras siglas. Las batallas fratricidas son las más cruentas, buscan el asesinato público y la inhabilitación moral perpetua.

Es urgente redefinir la ejemplaridad en la política. Javier Gomá lo definía como “el universal concreto, el ejemplo personal. Algo con mucha fuerza didáctica y ontológica”. Pero quizá el ejemplo no deba estar solo en buscar seres inmaculados, el tiempo siempre deja errores en las esquinas de los años. La utopía de una clase política pura de cualquier falta común nos conduce de nuevo a la frustración por defecto, tanto o más que la frustración por exceso de corrupción que desató la tormenta de hartazgo durante la reciente crisis económica. Quizá esa fuerza didáctica brote mejor de la rectificación, del aprendizaje de una trayectoria vital y profesional que evoluciona de la juventud de los excesos a la madurez serena.

Además, yo no confío en los humanos perfectos. Me generan un repelús indescriptible, una alergia extraña de ratón de laboratorio. Prefiero a las personas imperfectas, a los amigos imperfectos, a los líderes imperfectos… capaces de la autocrítica y de la redención. Que han aprendido de los errores políticos, como la vida nos va enseñando a base de bofetadas. Considera el consultor Antoni Gutiérrez Rubí que para ser ejemplar no basta con hacer lo correcto, además hay que hacer lo justo y lo conveniente en favor del bien común. Entretenidos en los barracones de la feria se nos fue también esta primavera.

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