Columna para El Reverso.

Vaya disgusto. Creo que soy machista. Estaba convencido de que no, que vivido el respeto desde niño, había conseguido hacerme un hombre igualitario. Pero resulta que soy machista. Soy un asqueroso machista del “espatarre”. Que coacciona a las mujeres abriéndose de piernas al sentarse en cualquier lugar, imponiendo su masculinidad chulesca y vejante. Un machista de transporte público. 

Prometo que nunca lo hice a propósito, que mis movimientos normalmente desgarbados llevan casi inevitablemente al desparrame de asiento. Pero debo aprender a contenerme en las posturas, porque ahora resulta que la igualdad viene en extender corsés en lugar de eliminarnos.  “El machismo, tanto en hombres como en mujeres, no es más que la usurpación del derecho ajeno” consideraba Gabriel García Márquez. Las mujeres, a las que se ha obligado siempre a vestir prendas y complementos incómodos para mantenerse recatadas, desean ahora que los hombres paguemos con la misma moneda. Es el feminismo entendido como venganza histórica, como una mera revolución contra la casta en decadencia.  Caminamos hacia una sociedad de faja y tacón, de piernas bien cerradas y de pensamientos constreñidos.  Las anécdotas como declaración de guerra mientras la batalla más cruel, la conducta asesina, se libra casi siempre de puertas hacia dentro. 

Soy un machista “espatarrado”, qué decepción más grande.  Aunque quiero puntualizar que mi “espatarre” sucede siempre en mi metro cuadrado (la técnica no es fácil pero se la puede explicar cualquier hombre educado).  Puede que sea un “espatarre” respetuoso, imperceptible, inocuo, incluso no discriminatorio. Quién sabe, aún no hay ciencia ni manuales que definan donde termina la gallardía y empieza el derroche.  Sepan feministas de piel de mariposa, literatas de los micromachismos que a partir de ahora, me recogeré y doblaré cual servilleta antes del servicio. Han logrado cohibirme y decía la filósofa inglesa Mary Wollstonecraft: “Yo no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas”. Espero mi penitencia. 

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