Alguna mañana me levanto con el cielo caído. Lo presiento al poner el primer pie a tierra de la cama. Lo confirmo al ir recogiendo la persiana y comprobar que hoy no sube como de costumbre. Asumo que no lo comprendan, no se preocupen.

Con el cielo caído en medio de la meseta castellana uno es incapaz de asomarse al horizonte tirado por el suelo. El sol se pasa el día quemando los campos y el azul nunca es azul celeste. Aún así esas mañanas siempre doy gracias de no vivir junto al mar, no me perdonaría jamás ser el culpable de verlo vaciarse volcado de esquina y desangrarse de peces y de latidos de olas.

Tanto cielo en esos días asfixia por exceso, aplasta por inmensidad. En miniatura en el páramo busco algún palomar con techo donde me aguanten las paredes. Donde respirar sin cielo que desperdigue mi pasión como helio en globos de colores. Donde acurrucarme protegido por el adobe y la teja. Donde las nubes se crucen solo entre la luz que se cuele por los ventanucos.

Alguna mañana me levanto con el cielo entre baldosas. Soy un vencejo varado. Inútiles la alas mientras el vientre siga en tierra .

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