El vestido de Rivera

Columna para El Reverso.

Desde que Albert Rivera casi fue presidente del Gobierno los medios de comunicación ya casi hacen caso a Ciudadanos. Y cuando no, uno se inventa una fiesta, un guateque o el Club Bilderberg donde se debuta como debutan las hijas de los futbolistas famosos cada temporada en París. La nueva nobleza europea se ha consolidado a base de patadas y mítines, siendo ambos la misma cosa.

Y como es secreta la reunión del Club Bilderberg no nos queda más que hablar sobre qué vestido elegirá Rivera. Ana Botín, que sólo viste pantalones, hará de madrina. Cebrián, en decadencia y sin el apoyo de su grupo, ya sólo tiene las reuniones del Club Bilderberg como quien toma el café en el club de campo para sentirse importante. El problema de Cebrián es que se queda sin políticos a los que apadrinar en sociedad. Después de lapidar a Pedro Sánchez (que murió, fue sepultado y resucitó cuando llegaron las primarias) solo le queda Rivera.

Ese Rivera que, nervioso como una colegiala, todavía no sabe que quiere ser de mayor. Primero quiso ser Kennedy, luego Adolfo Suárez y ahora sueña con ser Macron. Porque según dijo en el parlamento británico el entonces ministro Kenneth Clarke (también miembro de Bilderberg) “el club recluta jóvenes promesas en ascenso de una generación más joven para continuar la labor del clan”, que no es otra que la de intentar dirigir en la sombra el destino del mundo. Rivera es por segunda vez joven promesa, ya fue invitado el año pasado aunque delegó en Luis Garicano su presencia en la reunión. Entonces, entre campaña y campaña, cuando se acusaba a los naranjas socialdemócratas de ser los “hijos del Ibex”, no ayudaba mucho sentarse con los más poderosos a mover hilos mientras beben champán en copas de plata. Porque allí uno se imagina que no deben faltar los habanos, ni el whisky caro sin hielos en la sobremesa, ni el vals en un salón victoriano.

Este año es distinto. Rivera llega a la reválida con la presión en la garganta de no quedarse en eterna promesa. Con falta de escaños en el Congreso de los Diputados pero de nuevo con el aval de las encuestas. Estrena su esmoquin liberal y le encargarán como deberes materializarse como líder de una nueva España y no quedarse en “one hit wonder”, en éxito de un verano de cuando había canción del verano. Tendrá la misión de arreglar el entuerto del último fallo del club. Cuentan que Pedro Sánchez (el que se quitaba las vocales, no el de el “no es no”) fue durante un tiempo su apuesta para gobernar, a través de otro Bilberberg, el expresidente Felipe González (antes de sentirse traicionado por “el guapo”).

Nunca sabremos qué cenará Rivera ni si allí todavía se siguen usando los cubiertos de pescado. Hasta qué hora toca la orquesta ni si hay que elegir bien con quien salir al jardín a fumar. Ya decía Balzac que “todo poder es una conspiración permanente”. Y la primera regla de un Bilderberg es no fiarse de un Bilderberg.

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