Columna para El Reverso.

La primera dama no vive en la Casa Blanca y se niega a manotazos a ser cogida de la mano por el presidente Trump, que resulta ser su marido.  Es la reina de los enigmas, la Gioconda de Nueva York a la que el mundo entero intenta descifrar la mirada. Nadie sabe si Melania Trump es una diosa muda o una mártir laica. Su halo de misterio crece y atrae toda la atención que deja huérfana el discurso vacío  y simplón de su esposo, al que hasta hay que poner recreo en las cumbres internacionales para evitar que termine divirtiéndose destrozando el mobiliario. 

La mujer más poderosa del mundo es de una belleza impenetrable. Es la Barbie de Jaqueline Kennedy, la modelo del magnate que acostumbrada al “horterismo” del derroche intenta ahora comprar la elegancia. La dama blanca que pone en jaque al rey Trump sin pronunciar una sola palabra. La dueña del silencio más ensordecedor, la única primera dama que ha elegido como causa de mandato su propio rescate. 

Pero también es posible que Melania sea una heroína de la posverdad. Sometida bajo el feminismo de la protesta global. Una “femen” vestida de Ralph Lauren que agita las redes sociales con cada desprecio, con cada sonrisa ensayada y automatizada que le dedica a Donald y que se torna mueca sin dejar pasar un instante. Una “mujer florero” como denuncia de la “mujer florero”. La mentira perfecta para airear el yugo de la desigualdad. Pues qué mayor campaña internacional puede planificarse para reivindicar el protagonismo de la mujer que retirarle la mano al presidente de los Estados Unidos al tocar el suelo la escalera del Air Force One. Qué mayor ridículo puede provocarse al populista del patriotismo que tenerle que recordar llevarse la mano al pecho cuando suena el himno de su gran nación. Y siempre con un solo gesto. Sutil, calculado, decidido y directo. Sin un atisbo de duda. Con la mirada pérdida, con el descaro de la complacencia. Con la perfección aterradora de las muñecas antiguas de cara y manos de cerámica. 

Nadie sabe lo que piensa Melania. Arrinconada por la hija del presidente en las reuniones importantes. Sin oficina en el Ala Oeste. Musa consorte de paseo que quizá lleve todo este tiempo planeando su venganza. Enlutada entró en El Vaticano. Bernarda Alba con mantilla posmodernista que parecía colocada de urgencia, como las bolsas de plástico que protegen la permanente de las viejas cuando las sorprende una tormenta.

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