La noche de los diálogos rotos

Columna para El Reverso.

Me preocupa la esperanza de vida de algunas palabras. Aquellas que tecleamos con obsolescencia programada. Para las palabras ser de Twitter o WhatsApp debe ser nacer en la peor de las castas. Lanzadas al ciberespacio e inmediatamente después moribundas en la fosa común del olvido, o quizá peor, en esa sepultura para infantería con la misión cumplida en un mensaje sin vocales y acompañado de varios “emojis” de caras amarillas o incluso alguna “caca”. Seguro que envidian a las otras palabras. Las pronunciadas con solemnidad y las impresas para perdurar. Las que deslumbran por su belleza y se enorgullecen de su cuna. Las manuscritas de las cartas, con sus comas, con sus tildes y la caligrafía esforzada.

Las redes sociales son la comida rápida del lenguaje. Aún así, también son palabras y merecen su respeto. El miércoles por la noche se cometió un asesinato masivo de letras y emoticonos. Alguien debería responder por el “palabricidio” que supuso la caída de WhatsApp (que en eufemismo tecnológico quiere decir que dejó de funcionar).  En todo el mundo se envían cada minuto 24 millones de mensajes en esta red social, y medio planeta se quedó mudo durante varias horas. Hagan cuentas de cuántas preguntas con solo una interrogación se fueron al limbo, de cuántas confesiones se quedaron en fase de instrucción, de cuántos romances embrionarios se perdieron para siempre. Los novios que sacrificaron sus “Buenas noches”, cuánta complicidad perdida. Conversaciones censuradas y palabras, millones de palabras, flotando en el plasma binario, en un viaje  a lo “Gravity” sin destino y sin retorno.

Aquella noche apocalíptica de los diálogos rotos era imposible la abstinencia de palabras. Ni un par de horas pudimos sentirnos desconectados sin que la angustia se agarre a la garganta. Esa noche se redescubrió el SMS como a quien le cortan la luz y prende las velas del último cajón de la despensa.  Esa noche echaban humo los “mensajes privados” de Twitter y el chat del Facebook o de Instagram. Cómo dejar de contestar a ese trascendental “Q tal el día?” o no poder sumarse con una cara sonriente al último chiste del grupo de amigos. Hacía mucho que no lo pasaba tan mal, sé que me entienden, todos nos sentimos desamparados.

Alguien debe pagar por esta masacre. Que el señor del WhatsApp que nos regaló la conversación eterna responda ante tal atropello. Que nos devuelva las frases, que nos devuelva esa noche de mayo de primavera intermitente.  Hay en casas en las que incluso decidieron volver a conversar. De repente, se descubrieron mirándose a los ojos.

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