El silencio eléctrico

Columna para El Reverso.

Vine a Bilbao a escuchar la paz desarmada. Tan solo dos días después del sórdido entremés de Bayona, cuando los estertores de ETA hicieron limpieza de primavera en los zulos como quien tira los trastos viejos del desván. Entregaron un inventario de montones que no recoge ni el chatarrero.

Llegué con los oídos bien atentos y con la mirada aleccionada para detectar ese tiempo nuevo irreversible. Pero no escuché nada distinto a la última vez. Los mismos murmullos, la calma en la ría y la algarabía en las tascas. Nadie merodeaba intranquilo, ni reconocí rostros menos preocupados que en la visita anterior. La paz debe ser tan invisible como el odio, el miedo o la esperanza. Los sentimientos colectivos habitan justo debajo de la piel y se ensucian de puertas para adentro. La luz de normalidad proyecta sombras, como la rutina templada en un hogar las semanas siguientes a la muerte del abuelo.

El País Vasco cicatriza lento, y no le hacen falta ouijas que despierten fantasmas. No hay atajos para los vencidos que una vez eligieron el camino más equivocado. No hay consuelo para los asesinados. En una plaza, un pequeño grupo de hombres maduros replegaba unas pancartas. Pasé a tiempo de leer su reivindicación de acercamiento de presos etarras a las cárceles vascas. De inmediato se confundieron entre el gentío, se esfumaron como la bruma sobre la ría. Seguí mi paseo.

Junto al Kafe Antzokia, una interesante sala de conciertos bilbaína, hay una iglesia. Es la Parroquia de San Vicente Mártir de Abando. Entré en el templo con curiosidad de turista en plena Semana Santa. Había un Nazareno listo para procesionar y una monja colocaba unas flores en el altar del Santísimo. Nada de particular, si no fuera porque de fondo se escuchaba un bajo y percutía la batería en vibraciones que acunaban la llama de las velas. La sala de conciertos comparte muro con la iglesia. De hecho, me contaron que tienen prohibido comenzar los ensayos antes de que terminen las misas.

La monja seguía a lo suyo, ahuecando las ramas más verdes, serena y trascendente sobre los acordes de un rock & roll. El silencio eléctrico de la convivencia.

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