Columna para El Reverso

Aún recuerdo las primeras imágenes que llegaron a la redacción. Un paraje fantasmal de Turquía donde hacía pocas horas se había estrellado un Yakolev-42 que transportaba militares españoles. Entre la niebla solo se adivinaban trozos del fuselaje esparcidos por los pocos cientos de metros que se conseguían divisar. Un avión hecho trizas y 75 fallecidos, 62 españoles. Soldados turcos en manga corta se movían en ese cementerio improvisado sin saber muy bien qué hacer. La neblina y el humo de la muerte muy cerca del aeropuerto de Trebisonda, donde había intentado aterrizar sin éxito en dos ocasiones aquel 26 de mayo de 2003.

El accidente impactó en la opinión pública española y azotó especialmente la actualidad de Zaragoza y de Burgos, de cuyas bases procedían los militares fallecidos que volvían a casa de una misión de cuatro meses en Afganistán. Ese recuerdo se trufa en mi memoria con todo lo que me decía un amigo militar que estuvo destinado en aquel país en constante conflicto. Como es habitual, la guerra no se cuenta igual que sucede. El relato que se difunde en el hogar de los soldados nunca refleja la crueldad real. Las imágenes amables de los nuestros abrazando niños y habilitando pozos mientras sonríen a la población local son una buena campaña de marketing para alejarnos de la barbarie del terreno, porque el peligro no vende en política. Mi amigo me detallaba los ataques constantes que vivían las bases, la inseguridad que sentían en cada momento, como el enemigo esperaba cualquier descuido para disparar. Durante años siguió escuchando en sueños el silbido de las balas. La guerra sigue sin ser un juego de uniformes. Pero a España no llegaban esas noticias. Se las comía el silencio patriótico que solo rompen las salvas y “La muerte no es el final” entonado a coro ante los féretros.

Nuestra seguridad es un gasto creciente en un mundo cada vez más convulso. Es necesario superar los debates demagogos y “buenistas” de un pacifismo utópico que busca reducir constantemente el presupuesto para Defensa y desviar lo antes posible la mirada pública tras cualquier ataque o accidente. Ambas torpezas se combinaron en el caso del Yakolev-42. Trece años después el Consejo de Estado disipa la niebla de Trebisonda. Acaba emitir un informe que recoge que el Ministerio de Defensa tuvo indicios suficientes para saber que estaba transportando a nuestros soldados en aviones viejos y de dudoso mantenimiento. La prisa por pasar página del mayor accidente aéreo del Ejército español desembocó además en una riada de mentiras y desinformación, algunas tan dolorosas como los fallos en la identificación de numerosos cadáveres.

El entonces ministro popular Federico Trillo queda ahora desnudo ante la cadena de errores y negligencias que las familias de las víctimas han estado denunciando desde entonces. Hoy hay luz en por qué sus hijos, padres y hermanos murieron en aquella colina. El tortuoso camino judicial terminó en tres mandos militares condenados por los errores en las identificaciones. Pero nada por la contratación, a sabiendas, de aquella tartana voladora ni por un plan de vuelo mal diseñado que obligó al piloto a más de 20 horas de ruta antes de enfrentarse a las duras condiciones de aquella noche turca. La responsabilidad política no prescribe y el Consejo de Estado resuelve que el Ministerio de Defensa fue responsable de la tragedia. Trillo es ahora el Embajador de España en Reino Unido y debería abandonar el cargo inmediatamente. El ministerio que entonces dirigía puso en riesgo la seguridad de sus soldados, ¿cuántas veces antes de aquella noche de mayo? Él como ministro mintió sobre las causas del accidente y el estado de la aeronave. Ha perdido cualquier mérito para representar a España en ningún lugar del mundo.

Que no vuelva a suceder. Desterremos la hipocresía de aplauso fácil. Necesitamos un ejército que vele por nuestra seguridad dentro y fuera de nuestras fronteras porque estamos constantemente amenazados. Necesitamos que esté lo mejor equipado posible para realizar su misión con garantías. Asumamos que si enviamos soldados a zonas de conflicto pueden devolvernos ataúdes.

Ha tardado demasiado en levantar la niebla. La paz es un regalo caro.

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