Que no tenga un desván

Columna para El Reverso.

Qué lástima que yo no tenga un desván repleto de objetos amontonados, diría León Felipe, y que no encontrara entre ellos un tesoro en el olvido. No tengo desván, de esos de las casas viejas que esconden las vigas y desnudan el tejado. Donde disimulan las goteras aquellos calderos de hierro que vieron comer a los bisabuelos y se puede trastear en el pasado a través de muebles con carcoma, manteos bien bordados y fotografías en blanco y negro con marcos de madera.

Me gustaría tener un desván de esos, con el polvo haciendo niebla en los pocos rayos del sol que se cuelan por un ventanuco, y heredar un mapa que dibujara las cordilleras de estanterías y los pueblos de cajas. Con una cruz de cera roja en el lugar donde se ocultara su tesoro. Porque hay desvanes que custodian tesoros y que esperan un bucanero que descifre su enigma. En Boxmeer, un municipio de Holanda, se multiplican estos días los piratas de buhardillas. En una de ellas podría estar la cama de “El dormitorio en Arlés” de Vicent Van Gohg. Así lo asegura el historiador Martin Bailey que ha seguido la pista del famoso mueble que inmortalizó el pintor y donde además fue encontrado tras cortarse su oreja izquierda. Esa cama sencilla (de marco, cabecero y pie de austeros listones de madera) podría estar corriendo la misma suerte que el genio en vida, la soledad y la ignorancia. Qué lástima yo no tenga un mapa con una cruz de cera roja.

Un desván es un purgatorio de objetos. Un almacén que legó a la memoria su inventario, y la memoria a veces olvida. En el trastero de una casa de Toulosse en 2004 encontraron un Caravaggio, “Judith decapitando a Holofernes”. Una obra valorada en 120 millones de euros, posterior a otra del mismo nombre y que se encuentra en la Galería de Arte Antiguo del Palacio Barberini de Roma. Fue descubierta por casualidad, por culpa de una fuga de agua. Tras un falso techo, seguro que bien envuelta en una manta, donde algún antepasado la ocultó demasiado.

A las buhardillas solo se sube para reparar averías y ataques de nostalgia. Allí caducan los recuerdos, son zonas de sombra para olvidar sin sentimiento de culpa. Donde el pasado duerme y a veces incluso muere. También en un desván, de una casa de la Baja Sajonia, un hombre descubrió el esqueleto de su hija desaparecida 40 años atrás. Acurrucada entre varias chaquetas y montones de paja. Entre sillas mal tapizadas y antiguos libros de texto. Allí donde nadie mira encontró la huida perfecta. Fue dejada en herencia junto a la cubertería de plata. Como un tesoro. Qué lástima que yo no tenga un desván donde un día me guarden muerto.

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