Columna para El Reverso.

Muchos llevaban la cara tapada. Caretas cutres hechas con folios, pañuelos y abrigos con gorros para no ser reconocidos. Se movían como un rebaño agresivo balando a voz en grito consignas teledirigidas por líderes irresponsables que sienten invadido su territorio. Pateaban las puertas y golpeaban los cristales. Pero no ardían contenedores, no sonaban las lecheras de los nacionales y no corrían con piedras en la mano. No era una vieja canción de Sabina, sucedía ayer en los pasillos de una universidad, la Universidad Autónoma de Madrid, convertidos por unas horas en calles violentas e inseguras.

Las universidades han comenzado a dar miedo a la libertad de expresión cuando justamente deberían ser el azote contra la intolerancia. En sus pasillos habitan (o se cuelan sin problemas) hordas de radicales capaces de impedir con violencia el intercambio de argumentos, la reflexión y el debate. En la Autónoma de Madrid estaba convocada una conferencia de Felipe González y de Juan Luis Cebrián. Tuvo que ser cancelada. Aquellos jóvenes que se pretenden llamar universitarios hurtaron la posibilidad de escuchar a un expresidente del Gobierno y al presidente de uno de los grupos de comunicación más importantes del mundo.  Aunque los nombres eran lo de menos, se negaron a escuchar y no permitieron hablar, patearon la libertad en su propio templo.

Es un síntoma peligroso porque no es la primera vez. También en la UAM el pasado mes de marzo el cardenal Rouco Varela anuló su participación en un acto ante el llamamiento a reventarlo de varias asociaciones estudiantiles y en 2011 Rosa Díez, entonces líder de UpyD, consiguió a duras penas superar el boicot. El pasado mes de junio el padre del opositor venezolano Leopoldo López sufría un escrache durante una conferencia en la Universidad de Salamanca. En la Universidad Autónoma de Barcelona hace 6 años tanto Rosa Díez como Juan José Ibarretxe vieron boicoteadas las ponencias que tenían programadas.

En España la Universidad contemporánea, que resistió firme los envites de la censura durante la dictadura y del terrorismo de ETA, tiene termitas. Antes era el lugar para forjar hombres libres, interesados por escuchar hasta los discursos prohibidos. Ahora se puebla de protestas para prohibir discursos.  Ayer eran unos 200 los chavales que gritaban con odio: “¡fascistas!” a González y a Cebrián sin saber que no hay conducta más fascista que combatir con ira la libertad. Seguro que se fueron satisfechos y orgullosos a sellar un pacto con botellines. Por cierto, la sala que iba a acoger la conferencia lleva el nombre de Francisco Tomás y Valiente.

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