Columna para El Reverso

El blanco es el color de la esperanza en la desvencijada Siria. Allí no significa rendirse si no aguantar y aguantar apostando por la vida en mitad del infierno. Cuando la guerra es un desastre cotidiano seguir viviendo se convierte en una casualidad. En la suerte de llegar a la siguiente noche tienen mucho que ver ellos. La asociación de voluntarios Defensa Civil de Siria, conocidos como los “cascos blancos”, son la única luz entre la niebla de polvo de los escombros. 3.000 personas empeñadas en resistir a la barbarie en uno de esos ejemplos de solidaridad desesperada y casi inútil que nos permite seguir creyendo que la humanidad merece salvarse.

Los “cascos blancos” son los bomberos de la guerra. Acuden tras cada bombardeo para intentar rescatar el mayor número de personas posible bajo una nueva montaña de destrucción. Que al menos vean otro amanecer, les regalan otra ficha para jugar a la ruleta de la metralla. El periodista Antonio Pampliega muestra con toda crudeza su labor en un reportaje para el proyecto “Sin Filtros”. El dolor se les ha instalado en la mirada a sabiendas de que intentan vaciar un océano a cubazos. Para los abandonados que aún habitan las ciudades sirias son un aliento que hace sufrible el sufrimiento. El casco blanco lo lucen con la dignidad áspera que supone mirar cada día a los ojos a la muerte y alguna vez conseguir que sea ella quien aparte la mirada.

Los bomberos de guerra, su uniforme es el polvo y la sangre.  En su guarida no hay un día bueno, todos son peores. No aguardan accidentes, simplemente esperan lo inevitable, la dieta diaria de bombas de barril con la que desayuna, come y cena Siria desde hace años. Son soldados desarmados contra la destrucción premeditada, escarban durante horas entre lo que fueron edificios y calles tras cada explosión conscientes  de que todo volverá a saltar por los aires varias veces al día y que en la mayoría de los casos llegarán demasiado tarde hasta para la esperanza.  Han salvado 62.000 vidas, han perdido más de medio millón. Les quedan un par de sonrisas cuando hay suerte y celebran cada superviviente como si hubieran salvado a la humanidad entera. Aún brotan las lágrimas cuando hay muerte y regresan cabizbajos, ahogados en silencio. Están locos para la cordura de batalla, demasiado cuerdos en la locura de un oficio prestado por rebeldía a la masacre indiscriminada. Lo bueno de habitar el horror es que no queda tiempo para rendirse.

Hace unos días se les concedía el premio de la fundación sueca Right Livelihood Awards, también conocido como el Nobel alternativo. Probablemente nunca escucharán nuestros aplausos ni nuestro reconocimiento. Lo ensordecerá el siguiente bombardeo. En la guerra solo debe oírse guerra. Los “cascos blancos” no se plantean huir porque saben que lo que queda de lo que un día fue Siria les necesita. En cierto modo, todo el mundo les necesitamos para callar nuestra conciencia sabiendo que incluso en la pesadilla más cruel la humanidad florece.  Aunque sea una humilde tirita mientras el diablo te esparce las vísceras.

 

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