Cuatro lunas sonoras

Columna para El Reverso

Cada verano tiene cuatro lunas sonoras que se cuelan en la esquina del cielo de Aranda de Duero.  Lunas de agosto, llenas de música y a las que cantan los estribillos de los indies.  Siempre con los brazos en alto y la garganta forzada en todas las estrofas. Cada verano las coreo feliz junto a un puñado de amigos que sonríen y gritan tanto que a veces ya no escucho la canción. Sobre el escenario nuestros ídolos efímeros, músicos de una corte de barbas, gafas de pasta y camisas de flores.

El Sonorama es el ritual de nuestra tribu, el oráculo de marcará las melodías de las que viviremos el resto del año.Los festivales son la orgía de la música, la fiesta hedonista del fan y una dulce condena para los pies y la voz. Como pasa con las canciones, no existe un manual de instrucciones para crear un festival de éxito. Sólo son imprescindibles las bandas y un escenario, el resto es una suerte de alquimia que normalmente suele llevar al fracaso. Los prefabricados son superventas de un verano, los auténticos llegan a popularizar los himnos de toda una generación.

El Sonorama nació como suelen parirse las grandes ideas, con mucha ilusión y cierta dosis de locura. Organizar un festival en Aranda de Duero, una ciudad de interior, en agosto y de música independiente era una auténtica temeridad. Que miles de personas olvidaran la playa para entregarse al verano de meseta, que cambiarán los mojitos por vino Ribera del Duero y que todo el pueblo acogiera con entusiasmo a los fans de grupos que no saben ni pronunciar era una de esas metas tan inalcanzables que es imposible que salgan mal.

El Sonorama surgió antes de la burbuja de festivales y está decidido a sobrevivir a su explosión descontrolada. Fue creciendo poco a poco, exactamente a la vez que la popularidad de las bandas que se subían a sus escenarios, hasta ser imprescindible en cualquier agenda festivalera. Esta edición que acaba de dejar de sonar ha reunido a 60.000 personas en Aranda de Duero durante cuatro días con más de un centenar de conciertos a casi cualquier hora del día y la noche. La pequeña y castellana Plaza del Trigo, con sus soportales y sus coquetos balcones es uno de los santuarios del pop-rock español, un caramelo que todo grupo desea haber saboreado en algún momento de su trayectoria. Con su calor apretado, su densidad húmeda y las ráfagas de agua que los bomberos lanzan desde los balcones. Es un récord Guinness de personas por metro cuadrado, un milagro para la industria musical que no suena en las grandes emisoras y que venera con devoción.Este festival es mucho más que música. Es un homenaje al disfrute de todos los sentidos. Sonorama es vino, es lechazo, son pinchos al mediodía, vista a bodegas, bailar hasta por las esquinas y sobre todo, es un reencuentro constante con amigos y desconocidos. Somos una gran familia que este año enmudeció un instante al conocer el accidente de tráfico de Supersubmarina (habituales en el cartel arandino). Pero qué mejor apoyo que seguirlos bailando desde la meca del indie español, eso sí, pegados a las redes sociales para conocer su evolución y enviarles todo nuestro cariño. Hay festivales hechos de música y festivales hechos para la música.

Este agosto ya no quedan lunas para cantar por Quique González, Izal o Love of Lesbian. Cuando se calla el Sonorama empieza a menguar el verano.

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