Que a nuestros políticos les gusta jugar con los ciudadanos es una realidad incontestable en un país con un Gobierno en funciones desde hace nueve meses y que todavía no tiene una solución numérica que evite el ridículo de las terceras elecciones. Es una nueva edad de oro de la comedia de enredos, del sainete político con el vejete, el soldado, la malcasada y la buscona… repartan ustedes los personajes.

Dos no pactan si uno no quiere igual que es imposible jugar si el otro no acepta las reglas marcadas. A falta de diálogo serio, de trabajo coherente y sin sectarismos; a falta de negociadores “como Dios manda” (como diría el “sabio” Rajoy), nos entretienen con pasatiempos tradicionales. PP y Ciudadanos son los que más nos divierten o se divierten con nosotros estas semanas. Se han enredado en un juego de dimes y diretes, en un teléfono escacharrado del que desconozco si el objetivo es desquiciar a los periodistas o terminar de aburrir a los ciudadanos.

El eterno presidente en funciones ha liado las fechas y los encargos.  Pasó de tener que consultar las líneas rojas de Rivera a su dirección nacional para después corregirse en que no eran inamovibles y para reescribirse (con enfado y de forma maleducada ante la prensa) asegurando que en la reunión no se había hablado de esas condiciones naranjas porque no se había convocado con ese objetivo.  Ciudadanos también sonríe en este juego del engaño, parece que el pacto que han firmado es alimentar las declaraciones cruzadas que desmienten el desmentido de la declaración puntualizada de la tarde anterior. Su pacto contra la corrupción era incorruptible como el brazo de Santa Teresa hasta que empezaron a poner comas, quitar párrafos o suavizar los compromisos y se quedó como los principios de Groucho Marx. Tanto que hasta Girauta aseguró que en la negociación se debatiría todo, luego el documento inicial realmente era nada.

Hay que reconocer que al menos esta vez quien no está jugando al despiste (ya sea por convicción, por necesidad o por cabezonería) es Pedro Sánchez. Escondido entre la playa y la montaña es el único que aguanta su hemeroteca desde el 26-J a pesar de las presiones y recados que le llueven como “gota fría” de levante al final del verano.  No hay resquicio para una abstención corean este sábado al unísono todos los portavoces socialistas que han tenido un micrófono a mano. Igual que hizo ayer su líder, repitiendo el “no, no” (a ambas votaciones de investidura y a unos “hipotéticos” presupuestos) que desembocaría en el disparate de votar el día de Navidad o en una operación alternativa de izquierdas que de producirse tendría la estabilidad de un castillo de naipes.

La Unión Europea no sabe si aplaudir o abuchear ante el espectáculo. El juego de malabares de la política española seguro les tiene tan desconcertados  y abochornados como a los propios españoles. La altura de miras era marear la perdiz, o mejor el pavo… al horno y borracho en Nochebuena.

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