Me eligió el demonio

Columna para El Reverso

“Porque los hombres andan con la cabeza para abajo y los ciegos sirven de guía a los demás. (…) Así va el mundo”, escribía Baltasar Gracián en boca del monstruo Quirón en su obra “El Criticón” donde hacía referencia a las pinturas de El Bosco. No miraban igual los ojos del siglo XV que los del XXI, aunque en el caso de Bosch parpadeen parecido con una mezcla a partes iguales entre incredulidad y fascinación ante tal inventario de criaturas de las que 500 años después seguimos buscando su significado con el mismo éxito con el que intentamos desentrañar cada escena de nuestros sueños. El Bosco son todo preguntas con infinitas respuestas, tantas como pares de ojos que se coloquen delante de “El juicio final” o “El carro de heno”. Como otros genios, Jheronimus Bosch es un perfecto desconocido incluso para los investigadores que han pasado media vida estudiando su figura. Pocos apuntes contrastados de su biografía y océanos de tinta sobre la intención de las colecciones de engendros que habitan sus pinturas como recoge con exhaustividad periodística el libro “El Bosco al desnudo” de Henk Boom.

Hay un Bosco visionario, profético, hereje, piadoso, descarado, irónico, crítico, escéptico, moralizante, críptico… podríamos agotar el diccionario para describir y adjetivar su visión del mundo. Durante este verano el Museo del Prado de Madrid acoge una gran exposición donde ha conseguido reunir la inmensa mayoría de su legado. Varias salas de El Prado son un zoológico onírico y desafiante que es un auténtico reto para los sentidos.

El Bosco es una experiencia, uno de esos milagros del arte capaz de conectar con partes ocultas de nuestra mente. “El Jardín de las Delicias” inabarcable en deseos y castigos genera un diálogo único. En esa jauría fabulosa solo dos personajes nos miran directamente. Desde el panel izquierdo un Dios humano entre Adán y Eva. Desde el panel derecho un rostro del diablo situado en el centro de la tabla, conocido también como “el hombre – árbol”. Dicen que la intención del autor era que el espectador eligiese con quien de los dos decidía quedarse, aunque mi sensación ante el tríptico fue la contraria. Es uno de los dos personajes el que te elige a ti. Hay mil lugares que observar, pero yo siempre acababa en esa mirada condescendiente del demonio adornada por una enigmática media sonrisa a lo Gioconda.

Me eligió el demonio de “El Jardín de las Delicias”. Quizá porque supo que podría crucificarme en el arpa, en los placeres de la música que El Bosco incluye dentro de las tentaciones del maligno. O porque no soy piadoso y sonreía con las decenas de danzas del pecado de la tabla central. Con Bosch uno acaba en el psicoanálisis, sometido a un “test del árbol” de 1490. Ocurre lo que siempre sucede con los genios. Conocen casi todo de nosotros mientras no hemos conseguido averiguar apenas nada de ellos en cientos de años. Levanten la mirada y prueben a dejarse elegir. “¡Haced cuenta que soñáis despiertos: ¡Oh qué bien pintaba El Bosco! Ahora entiendo su capricho”, sentenciaba Quirón.

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