La Mudarra de prestado

Articulo para "El Santillo", Boletín de La Mudarra (Valladolid)

La Mudarra es un cielo repleto. Por el día de vencejos, golondrinas y algunas cigüeñas. Por la noche, cruza una pareja de lechuzas un firmamento imponente e inabarcable. Un mar de estrellas que hace oleaje en los páramos. Esta atalaya de Torozos era para mí hasta hace un par de años solo un cartel flanqueado por dos gasolineras y las figuras, a veces inquietantes, que como un caleidoscopio fabrica cada perspectiva del bosque de hierros de la subestación eléctrica.

Mi condición de ave, nómada e inquieta, iba a hacer inevitable la parada. Nací en Salamanca, donde nunca viví. Crecí en Valladolid con las raíces hundidas casi en Extremadura, en el vergel de la Sierra de Béjar. Segovia me adoptó durante mi etapa universitaria. No soy de ninguna parte pero tengo facilidad para quedarme horizontes de prestado.

A La Mudarra llegué por una amistad empeñada en hacerme parte de sus calles serpenteantes, de la humildad del Hornija y de la historia de sus piedras gastadas y sabias. No es difícil dejarse callar por sus atardeceres y aprender que el verdadero silencio sucede en los lugares donde no pasa nada pero nunca está todo en calma. Aquí el paisaje define lo infinito y encontré cada verano un balneario para curarme de ciudad. Un huésped más de La Casa Grande, siempre ávida de visitas y en la que uno espera que hasta al respirar se le pegue algo del talento que habita sus paredes.

Como buen pájaro siempre busco ramas acogedoras donde frenar el aleteo. Inicio el día en lo alto del ciprés, desde donde a media mañana veo pasar el rebaño. Ese ejército obediente y puntual que marca la hora del almuerzo con una algarabía contenida y una nube de polvo. Bien repuesto ejercito el revoloteo, confieso que planeo imitando el descenso de los aviones del vecino aeropuerto. También ensayo tirabuzones gráciles entre las flores de los jardines y de las macetas de estas fachadas castellanas que lucen como orgullosos patios cordobeses en los que refresca por la noche. Al caer el sol, asciendo a la última rama del pino más alto. El que sujeta el anochecer en verano. Salen las sillas a la puerta y la vida conversa en los paseos al calor que huye cielo arriba. Antes de quitarme las alas, araño las últimas luces para alcanzar la tapia del cementerio. Ahogado en tierra, como el sol de Torozos, salgo de la playa de campos ya a dos piernas. Regreso a paso lento donde siempre me esperan.

Habrá tantas “Mudarras”… esta es la que conozco y de la que me considero aprendiz. Todas tan francas como su cielo colmado día y noche. Hasta la luna duerme por no tener que contar las estrellas.  Al avanzar por la carretera desde Villanubla ya nunca me fijo en las intermitencias del amasijo eléctrico sobre el páramo.

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