Hueco y sordo. Es el sonido de mis pasos traicionando el pacto de silencio. El eco es la huella en el aire denso del hogar cerrado. Pasos que pesan, que arrastran ausencias. Así suena el silencio partido, un ruido que enmudece como el trueno en la tormenta.

Cuando pude no quise y cuando quiero no sé. Dijo Antonio Gala que “hay que saber reír, saber llorar y saber decir adiós”. Las lágrimas como catarsis y la risa como terapia. La despedida constante como hilo conductor del camino, como el hito de otra frontera invisible de la colección de aduanas.  Mi patria son los afectos que se esparcen y se alejan sin remedio como el universo. Un ángel que se va dejando las plumas en las ventanas, como escribió González Ruano. La duda resuelta que se reencarna en la misma pregunta por responder. Un mal poema de un torpe aprendiz que no aprende a vivir en su sombra.

Dormí sin sueños para despertar ilusiones. Abracé los recuerdos para llorarme encima y que me seque el alma la primera madrugada de julio. Resucité dos veces más de las que caí muerto. Aprender a reír, a llorar y a decir adiós… para volver a olvidar todo.

Ausente y mudo. En un refugio abandonado. Ya no espero, por eso no me canso de esperar.

 

 

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