Deshaciendo amigos

Columna para El Reverso

Para vivir en Castilla hay que amar las despedidas. La marcha del sol, en sus horizontes infinitos, es toda una ceremonia de la belleza de la soledad. Con pinares salpicados entre los campos de cereal o encinas desordenadas en las dehesas. Pichones volviendo a palomares lejanos, que tan solo se atisban borrosos en lontananza. Castilla no entiende de tumultos, casi ni de atascos en sus carreteras de anuncio de coche alemán.

Cada tres o cuatro años tengo que volver a buscar amigos. No ahuyento a los que tengo, pero se me van. Se le van a esta tierra rota de oportunidades. En el ciclo de la vida de meseta uno se descubre de vez en cuando frente a ese café en el que te dicen que han decidido emigrar a cualquier Madrid. Que aquí no hay sueños para ellos tras el último portazo. Otra vez en una estación viendo alejarse el tren donde viajan parte de tus recuerdos. Se llevan siempre más aire del que dejan. Imaginas cuando serás tú el que cargue las maletas pero luego te reprochas malquerer tanto a esta patria chica que acabará por desterrarte.

En los pueblos también se les van. Pero al otro lado de la tapia del cementerio. En las pequeñas aldeas de Castilla las campanas están acostumbradas a tocar a muerto, seguro que tendrán que echar mano de la partitura el día que haya que repicar un nacimiento. El último padrón hurga en la herida. Castilla y León perdió otros 26.261 habitantes en el último año, Castilla – La Mancha 18.468. De estos páramos huyen las fábricas que no se dejan sujetar a golpe de talonario. Con administraciones expertas en subvencionar las migajas de la prosperidad, lo bueno es que cada vez tocaremos a más.

Mi tierra se abandona a diario y se llena los festivos de turbas de turistas que añoran el silencio que rompen. Es un parque temático de vasto patrimonio histórico, incomparable belleza natural y un puñado de gentes que recuperan los viejos oficios para que los visitantes disfruten de lo pintoresco. Un teatro que les recomiendo visitar pero que apaga y cierra cada domingo, con el silbido de los AVES y de los automóviles cargados de productos “gourmet”. Pobre tierra mía que se empeña en sobrevivir del pasado.

Aquí los amigos se deshacen como las nieblas, a media mañana. No se pierden, se alejan. Ayer me tocó café con despedida. Hoy crucé en el ascensor un par de frases con una vecina. Parece simpática. A ver si me dura.

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