Los sueños que se cumplen desencantan. La vida decepciona, la realidad desengaña. Un éxito no deslumbra tanto como imaginaste igual que la tragedia más enorme acaba siendo soportable. El mundo avanza sin remedio. La frustración contenida del que esperaba fuegos artificiales a su paso o que se agrietara el suelo con sus lágrimas es lo que atrapa nuestras ilusiones. Todo lo que amamos siempre tiene aristas cortantes, todo lo que odiamos alguna vez nos sacó una sonrisa. La imperfección cautiva.

“Este oficio es una mierda, pero una mierda apasionante” dijo Juan Tallón en el I Congreso Valladolid capital del columnismo. Nunca había escuchado una mejor definición de la profesión que escogí. Una profesión de muchas sombras y algunos focos. De luz de gas y de espejos deformantes. Con tantas tramoyas como anhelos de libertad. Los periodistas adoramos nuestro trabajo. A pesar todo. Es la única razón para seguir en una trinchera fría y mal pagada. La explicación para sufrir por no saber hacerlo mejor, para fustigarnos a diario por no haber sido lo suficientemente libres, intensos o necesarios para la sociedad. Nos excita la agonía de luchar contra decenas de cíclopes que cada mañana intentan aplastarnos. Somos la princesa del guisante.

El periodismo es un vicio confesable. El columnismo una perversión intelectual que duele con placer. “A escribir se aprende por envidia” reconocía Ricardo F. Colmenero en este mismo congreso que ha descrito magistralmente el alma del columnista, esa “rara avis” entre el periodismo y la literatura… esa firma que hoy es periodismo y mañana literatura. Un profesional  atormentado por hacerlo bien, que se agobia durante el proceso creativo, que suda encontrando el tema del día y que reescribe mil veces la metáfora adecuada para dar a su lector una interpretación de la realidad. Que desearía no escribir nunca más pero añora comenzar el artículo siguiente. El columnista encarna el pesimismo esperanzador de gran parte de los periodistas. Escriban de lo que escriban, hablen de lo que hablen ante un micrófono o una cámara.

De pequeño soñé con ser periodista. Un puñado de años después lo conseguí. Hay menos brillantina de la esperada, menos miradas limpias de las saludables, menos garantías de futuro de las deseadas. Pero es mi mierda y me apasiona. Un sueño desteñido y roto al que jamás renunciaría.

 

 

Anuncios