Tumbas sin nombre

Están a punto de cumplirse 77 años del final de la Guerra Civil española, una herida tan profunda y tan bestial que todavía está lejos de cicatrizar. La mayor parte de los españoles actuales ya no vivieron aquel infierno fratricida, pero las consecuencias de la contienda y de las décadas de dictadura posteriores siguen estando muy presentes en la memoria colectiva de nuestra sociedad.

Vivimos una España estética, de portada y fotografía, de trending topic y celofán. Campeona en quedarse en la anécdota, en bucear en superficie, en posar cuando antes y pasar pasar página inmediatamente. Herederos de los aeropuertos sin aviones, los frontones en pueblos de ancianos y los grandes centros culturales sin programación ni colecciones que exponer llegan las iniciativas para renombrar nuestras calles y pueblos de aquella etapa monstruosa. Sin ser capaces de quitarnos aún el tamiz ideológico de los vencedores y vencidos, de la venganza en todas direcciones… nos lanzamos a examinar la Historia para decidir quien merece seguir en los membretes de las cartas o en los carteles de las plazas.

“Yo no tengo ideología porque tengo biblioteca”, sentencia en muchas ocasiones Arturo Pérez Reverte. Empaparse de biblioteca es lo que les falta a la mayoría de los políticos que buscan en estas medidas el revanchismo de venganza fría y la medalla entre sus bases de forofos.  El Ayuntamiento de Madrid cayó en el barrizal hace unos días al aplicar “a su manera” la Ley de Memoria Histórica, con todo el peso de la ideología y ninguno del sentido histórico. Descolgando a intelectuales, escritores y artistas de las calles por su supuesta pertenencia al bando nacional o por haber sido encumbrados al callejero por gobiernos franquistas. Se nos van a quedar las calles sin cultura que las nombre, unos nunca estuvieron por rojos y ahora mandan al almacén a los azules. Tan ingenuo manual de vendetta solo podía llevar al desastre y a tener que dar marcha atrás casi inmediatamente.

Quizá podrían creer que serviría de escarmiento… nada más lejos. Un abogado acaba de denunciar a 11 pueblos de toda España por mantener nombres franquistas argumentando que incitan al odio y no respetan la Ley de la Memoria Histórica.  Seamos sensatos de una vez y si queremos curar esta herida que sea de verdad.

No dudo que sea conveniente cambiar nombres de algunas calles que enaltecen asesinos y antidemócratas. No dudo que quizá fuera pertinente renombrar localidades que recuerdan un pasado trágico y macabro. Pero no volvamos a construir el polideportivo en un barrio sin vecinos. Todo a su tiempo. La estética de la reconciliación debería ser el último paso y no el primero. A veces coincide lo urgente con lo importante, y paradójicamente lo urgente e importante es en este caso también lo olvidado.

Puede que escuezan los nombres… pero seguro que duele más profundo no tener lápidas a las que llorar, no haber podido enterrar familiares. Según una investigación avalada por la Audiencia Nacional todavía hay 113.000 desparecidos civiles en España. Están en cunetas o en bosques de donde con un trabajo ímprobo y casi siempre desamparado solo han podido exhumarse 6.300 cuerpos. Ese es el verdadero drama de la historia reciente de este país. La Guerra Civil no ha terminado, sigue viva en las tumbas vacías y en fosas comunes repletas de amontonados huesos anónimos. En las espinas en el alma con las que murieron cientos de hijas, mujeres, sobrinos o nietos que vieron como las décadas de democracia no sirvieron para hacer un esfuerzo de país que cosiera las heridas y encontrara a sus seres queridos.

No me importa cómo se llame mi avenida mientras se desconozca donde están más de 100 mil españoles. No me hablen de sesudos debates sobre quien merece o no un homenaje mientras seamos incapaces de cerrar para siempre nuestro trago más amargo. Me avergüenza que los rojos y azules sigan tan presentes en nuestro inconsciente. Queda una reconciliación pendiente.

Seguir negando a tanta gente el derecho a tener un lugar de recuerdo, un búcaro donde dejar flores frescas, es el fracaso más dramático de nuestra democracia.

 

 

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