Un café con leche en mi taza blanca de las mañanas. Un zumo de naranja y un bol de cereales. El frío queda al otro lado de las ventanas. Todo queda más allá de las cortinas. En el primer vistazo a las noticias del día me descubrí pasando deprisa a lo siguiente tras leer: “El 30% por ciento de los refugiados fallecidos intentando llegar a Europa eran niños”. Volví atrás avergonzado en el siguiente titular.

Me he contagiado de esa costumbre de ignorar el sufrimiento de los demás. Tras el primer impacto, tras el vuelco de Aylan, ya nada importa. Como un macabro mercado de valores de la desgracia, me denuncié habiendo descontado  la tragedia humanitaria más grave tras la Segunda Guerra Mundial.  Qué bochorno, ruego me perdonen los cientos de Aylan, las miles de familias obligadas a huir de la guerra que ni siquiera merecen ahora mi lectura sentida y solidaria.

Regresé a la fotografía que ilustraba la noticia. Le intenté aguantar la mirada sin derramar una lágrima. Sirvió para derribar el muro de la indiferencia que construye la rutina de la sobreinformación superflua, el bombardeo constante de lo más impactante al que somos sometidos cada minuto.

La peor orilla del Mediterráneo es la que asesina o la que abandona. La de la destrucción o la del paraíso del bienestar incumplido. La peor orilla es la de la de barbarie radical o la de la compasión desatendida. Desde que las olas solo traen angustia y desesperación no deberíamos mirar igual el horizonte hacia Levante.

Al llanto silencioso de las fotografías se une lo aterrador de los rostros ausentes. Europol asegura que han desaparecido al menos 10.000 niños en su llegada al continente europeo. Algunos podrían estar con sus familias o parientes, pero otros muchos habrán caído en las garras de los carroñeros del tráfico de personas. La maldad no conoce límites, la avaricia ensombrece demasiadas almas.

Esta mañana el último trago de zumo me sabe a salitre. Los cereales a arena de playa convertida en fosa de común de los expulsados. También de los hambrientos africanos o de los cristianos perseguidos. Hay tantas orillas que no huelen a verano.  Me sonroja que solo llore por ellos al darme cuenta que había amortizado su drama. Me duele esquivar sus ojos perdidos, quizá solo porque  cada inicio de mes envío un par de billetes a organizaciones que trabajan sobre el terreno.

Me estremece que un puñado de euros y lágrimas calmen la punzada en el alma. Ellos siguen teniendo sed, ahogados de mar y de desesperanza. Condenados a la orilla de nuestra sociedad, al mayor desprecio.

Las diez menos cuarto. Recojo apresurado la taza vacía, tintinea la cucharilla camino de la cocina. Mierda, llego tarde.

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