El mate de la coz

Siempre se esconde tras las puertas de los despachos. Muy pocas veces se hace visible ante las cámaras ni en las declaraciones públicas. La verdadera estrategia política es huidiza para los ciudadanos. Guardada para los equipos de confianza suele ser la comidilla de las conversaciones de los afines, los contrarios y de los periodistas mejor informados.  No completa titulares ni será respuesta de ninguna pregunta sea como sea de sagaz e impertinente el entrevistador. A pesar de todo eso es probable que tenga una incidencia importante en el resultado electoral.

Esa estrategia se basa en cómo encarar la presencia pública, cómo responder a los adversarios, en qué llevar la iniciativa y en qué dejarse desear o esperar el golpe para responder con una ensayada coreografía.  Estas semanas de precampaña estamos asistiendo a los movimientos de los principales partidos, algunos más evidentes que otros, y algunos parecen más acertados que otros.

La necesidad de conectar con los ciudadanos y de bajar de la “casta” a la calle ha sido incorporado inmediatamente como uno de los objetivos de precampaña de todos los equipos. Los líderes de la gran batalla a cuatro que parece ser el 20-D se han lanzado a conquistar la cercanía y la espontaneidad. Con mayor o menor éxito han desembarcado en casi todas las franjas de la programación televisiva y radiofónica, en todos los diarios y revistas. Tanto están diciendo que sí que la sensación general comienza a ser de saturación de políticos que cantan, bailan, disputan un rally o viajan en globo. Solo nos queda ver a Albert Rivera en el Pasapalabra o a Pedro Sánchez en Top Chef. Su medida ubicuidad en los medios de comunicación es un buen plato pasado de pimienta.

Todos han elegido la sobreexposición mediática, pero no el resto de estrategias que están marcando los últimos días. En un movimiento astuto y calculado hemos asistido desde los atentados de París como Ciudadanos conseguía marcar la pauta en la respuesta política al terrorismo desde nuestro país. En cuanto el presidente Rajoy anunció al día siguiente de los ataques que convocaba el Pacto Antiyihadista, Rivera movió su primera ficha. Reivindicó la apertura del pacto a otras fuerzas políticas y la formación naranja repitió como un mantra esa consigna los días posteriores. Era entonces inevitable que, ante un tema de Estado de esta importancia y con la proyección que dan las encuestas del próximo Congreso de los Diputados, PP y PSOE accedieran. Podemos se desmarcó y Ciudadanos dio el segundo paso: se presenta como la tercera fuerza nacional capaz de sumarse a un pacto de Estado. El siguiente movimiento se lo dan hecho. Quizá para restarle importancia a la reunión y marcar las diferencias con la solemne pompa de la firma de PP y PSOE en febrero en Moncloa, la ampliación del pacto se celebra en el Ministerio de Interior. Rajoy y Sánchez deciden no ir… Rivera vuelve a cogerles la espalda y casi consigue capitanear la señal realizada del evento siendo el único candidato a la presidencia del Gobierno presente. Unas horas después llega el golpe maestro final de la estrategia, quizá pensado concienzudamente desde el 14 de noviembre. Albert Rivera declara que gracias a Ciudadanos las principales fuerzas políticas españolas se suman en el primer pacto de Estado de una nueva etapa política. Jaque.

No les pase como el mate de la coz, que consigue un jaque mate al quedar el rey encajado entre sus propios defensores y atacado sin salida posible por un caballero que salta tu barricada de piezas.

Menos acertada considero otras estrategias. Por ejemplo la de Mariano Rajoy de volver  a ser el ausente del debate a varias bandas en la próxima campaña. Los argumentos del PP (que el presidente solo debe debatir con el líder de la oposición y que esto sucede así en todas las grandes democracias) pueden ser válidos Génova adentro, pero no sirven entre el ruido de los coches y las cafeteras. La sensación es que el candidato del PP no quiere debatir con Rivera y con Iglesias, la interpretación más habitual es que tiene miedo de salir trasquilado. Si esta táctica es buena o mala, todavía tendremos que esperar para saberlo. Primero, a que pase el debate en el que se batirá el cobre  la solvente Soraya Saenz de Santamaría, que seguro dará buena batalla dialéctica a Sánchez, Rivera e Iglesias. Segundo, a que lleguen las elecciones. Dejar en casa a Rajoy también se escuda en muchos estudios que aseguran que los debates reafirman las opciones y que solo logran cambiar un 1% de la intención de voto. Pero estos estudios se hicieron cuando los cabezas de cartel eran los que protagonizaban los cara a cara. ¿Tiene otros efectos si uno de ellos no está, si lo ve desde Moncloa? No les pase como el mate de la coz, que consigue un jaque mate al quedar el rey encajado entre sus propios defensores y atacado sin salida posible por un caballero que salta tu barricada de piezas. Defender demasiado al rey puede ser su condena a muerte.

La partida de ajedrez sigue en marcha y la tensión aumenta según se acercan las urnas. Comprobaremos quién está acertando en sus movimientos y quien está dejándose embaucar por sus rivales. Lo que parece probado es que cada vez más sobran los mitines encorsetados entre globos y sintonías pegadizas. Nada cambia el número de manos que se estreche en los mercados o la cantidad de pensionistas que abracen ante los fotógrafos. En jerga bursátil, esa espontaneidad teatralizada ya la han descontado los votantes. Se buscan gestos sinceros, expresiones sin ensayar ante el espejo. Y ahí, la suerte si ha sonreido a Rajoy. La carcajada y la colleja a su hijo en la COPE sí que fue verdadera. Quizá la reacción más humana y cercana que haya llegado a la opinión pública del presidente en los últimos cuatro años.

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