Con suerte, la muerte solo nos visita un par de días cada año. La verdadera conciencia de la muerte es recordar a los que compartieron existencia con nosotros y ya no están. En torno al Día de los Santos el silencioso bullicio llena los cementerios que se engalanan de caducidad para la honrar la memoria. Se colman de flores naturales que unos días después lucirán marchitas y de ramos de plástico que en unos meses se desteñirán desamparados. Ni la piedra es perpetua, poco a poco arañada por la lluvia, el viento, la nieve o el sol.

No criticaré la habitual soledad de los cementerios. Yo tampoco los visito durante el año. Soy más de cerrar los ojos para evocar recuerdos que de adorar lápidas. Soy más de revivir anécdotas que de mantener rosas frescas contra el mármol. Respeto profundamente a quien tiene la necesidad de ubicar la ausencia pero para mí la única forma de mantener vivos a los muertos es protegerlos en la memoria de los que todavía seguimos aquí.

Esta sociedad solo permite un par de días de duelo. Quizá para aliviar la presión de la añoranza como el Carnaval era la válvula del pecado. El resto del año la muerte se aísla, se oculta tras muros y bajo cruces. Se convierte en un tabú para evitar que nos perturbe, para engañarnos creyendo que somos eternos y robustos. Se esconde la muerte real, la cercana, la posible. Se trata como ficción en el cine o la televisión, se cuenta en las noticias lo que les pasa a otros. Nuestra cultura nos separa de la muerte incluso en el lenguaje. Es “el otro mundo”, “el otro barrio”o el “más allá”. Siempre lejos, siempre distante. Casi nunca reconocemos que está entre nosotros, porque somos muerte tanto como vida. Vivimos únicamente porque morimos.

Nos puede el temor al final y nos equivocamos. Solo el miedo mantiene alerta. Ser conscientes cada segundo de que puede ser el último es la mejor forma de no desaprovechar el camino. Deberíamos convivir más con la muerte, inminente e inevitable. Saber que nos persigue y que cada vez está más cerca es la garantía de que no guardaremos ninguna sonrisa para ¿mañana?

El mejor consejo para no morir es estar bien vivo en los demás. Mi reto es construir en los que me rodean un pasado, una memoria por la que algún día merezca la pena guardar un par de jornadas anuales de duelo. Recordar y ser recordado, esa es mi eternidad.

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