La cueva de las estrellas

En lo más oscuro de una cueva también se ven las estrellas. Ahora no percibimos los mismos miles de puntos que en el cielo de Sudáfrica hace más de 2,5 millones de años, pero es posible que entonces ya sintieran la misma fascinación, incluso curiosidad por explicar su existencia. En la profunda sima “Rising Star”, a unos 50 kilómetros de Johannesburgo, se ha encontrado recientemente un hallazgo que está reescribiendo los libros de paleontología.

Bautizado como “homo nadeli”, los científicos consideran que puede ser el tan buscado eslabón perdido. Se han encontrado hasta 15 individuos que poseen una mezcla de características del australopithecus y del también del homo, del que descendemos directamente. Podría ser ese paso intermedio en la evolución, ese momento en el que comenzamos a caminar erguidos y a usar las manos para tareas delicadas. Incluso hay quien va más allá y opina que aquellos animales – hombres enterraban a sus muertos, tenían alguna idea de trascendencia,  por el modo en el que se han encontrado juntos y en las profundidades de una cueva ese amplio grupo de restos. Otros investigadores plantean  que la comunidad sufrió algún accidente por el que todos perecieron en el mismo lugar.

“Naledi” significa estrella en la lengua local sudafricana y este nuevo homo debe su nombre a la cueva “Rising Star” (estrella ascendente). Casi no hay mejor descripción posible para esta nueva especie, que se ha convertido en el hallazgo más importante y con más proyección de los últimos años.

Cada nuevo paso de la ciencia obliga a reconstruir los relatos de la vida y de la evolución desde los mismos cimientos. Casi al mismo tiempo que descubríamos a este viejo antepasado, desde las “naledis” nos llegaban fotografías y datos que también pulverizaban las creencias más profundas de la humanidad. En Marte, ese planeta rojo y hasta ahora inhóspito, hay agua. El líquido elemento está también allí, y no pocos han comenzado a ver en Marte la próxima Tierra para nuestra especie… o todo lo contrario, que aquel fue “nuestro hogar” antes de conquistar el planeta azul. Las imágenes sobrecogen, regueros arañando esa superficie de páramos y montes ocres que tanto recuerdan a paisajes bien cercanos.

Una investigación más, la que nos sitúa precisamente en el momento adecuado para resolver algunas incógnitas. Vivimos perdidos en un minúsculo planeta de una diminuta galaxia de un universo inabarcable. Un cosmos en expansión desde el “Big Bang”, algo que conocemos porque ese inicio todavía no se encuentra “demasiado lejos”. Dentro de unos millones de años, será imposible encontrar evidencias de aquello… lo habremos dejado tan atrás que no habrá capacidad para leer los restos de la gran explosión. Es decir, a pesar de todo, el azar de la vida nos traído hasta aquí en los millones de años precisos para ser capaces de entender el milagro primigenio. Si nuestra civilización fracasa, la siguiente habrá perdido esa respuesta.

Las cuevas llenas de estrellas y estalactitas colgando del firmamento. La paradoja de la existencia, el misterio infinito en el que cada contestación se multiplica en nuevas preguntas. Cuanto más sabemos, más desconocidos nos sentimos. Ahora los marcianos somos nosotros.

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