(Lee antes “El silencio del buitre I”)

La soledad es una vieja pócima de sensaciones. Cuando la buscas te relaja, cuando la imponen te asfixia, cuando la olvidas la necesitas. Vine a la ermita de San Frutos, a las Hoces del Duratón (Segovia), a encontrarla para reordenar pensamientos. Sentado en una piedra centenaria y con la espalda recostada en el grueso muro románico del ábside de la ermita me sentí bien, logré ir asignando ideas a cada vuelo de buitre leonado que surcaban el cielo por decenas. A pesar del calor intenso de una tarde de julio, a pesar del sudor incluso a la sombra de los siglos.  Hasta que escuché aquellas voces, y entonces la soledad en vez de ser cómplice se convirtió en enemiga. Me causaron cierta inquietud, analizaba con la mirada cada metro del sendero sin localizar a nadie. Tan solo me quedaba la esperanza de que fueran los que llegaron en el último coche que quedaba en el aparcamiento.

Inquieto y predispuesto al misterio en un lugar de leyendas decidí empezar el regreso. Me ajusté la mochila a la espalda y espanté una mosca que se me cruzó en la mirada. El calor elevaba el olor espeso de los arbustos y provocaba que lo lejano temblara en la vista.  Volví a cruzar el puente de piedra y seguí revisando el paraje sin ya escuchar nada ni divisar persona alguna.  Unos cincuenta pasos después conseguí sosegarme, pasar página de las voces sin dueño. Alcancé el lugar donde varios árboles de poco más de metro y medio se enlazaban creando un refugio apetecible para comer algo. Me senté en la caliza y abrí la mochila. En ese momento volví a escuchar palabras, ahora nítidas y cercanas. Eran dos mujeres, hablaban entre ellas y no debían estar a mucho más de un centenar de metros. Me levanté de un respingo para resolver definitivamente el enigma. Subían agotadas. Una era joven y lozana, la otra más mayor, enjuta y sudorosa con un pañuelo en la cabeza para protegerse del sol.  Saludé y volví a recuperar mi lugar en la sombra. Poco a poco sus voces volvieron a perderse en la distancia. Ahora no quedaba nadie más.

El bocadillo era de jamón con tomate. Los crujidos del papel de plata me recordaron las marchas de los campamentos y los descansos en cualquier lugar para recuperar fuelle antes de continuar la ruta.  Volví a despistar la mirada y buceé en las razones de este breve viaje. Cuando todo desordena solo hay dos opciones. O esperar como un cangrejo fuera del agua a que la siguiente ola te devuelva al mar o avanzar a poquitos hasta que la resaca te arrastre. Siempre he sido impaciente.

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Entonces sucedió. Masticaba el penúltimo bocado de jamón con tomate y sentí una sombra sobre la sombra. Muy poco después comenzó un silbido grave y sordo, seguro y fuerte, cortando el aire de forma decidida y poderosa. Ningún sonido más, solo el del viento vencido. Elevé la cabeza y le vi cruzar. Imponente, majestuoso… incluso soberbio. A no más de un metro sobre el árbol que me ocultaba. Un enorme buitre leonado. Tan cerca sus alas parecían gigantes, se podía ver la escala de marrones de su plumaje. Llevaba la cabeza alta, como el capitán de un barco bien amarrado al timón en el puente de mando. Un par de segundos que yo viví largos, preciosos y precisos.

No me vio. La vegetación y la umbría me habían hecho desaparecer. Seguro que creía que no había humanos cerca, que se habían quedado solos en su reino.  Sobrecogido tardé un par de minutos en reaccionar. El cielo se había plagado de buitres, volando bajo. Otro pasó tan cerca como el primero volviendo a aturdir el silencio. Me entró miedo. ¿Y si me podían atacar? Sabía que era casi imposible, los buitres no atacan a animales vivos y menos si les ven moverse con normalidad. Supongo que menos aún en un lugar tan frecuentado por senderistas donde deben estar más que acostumbrados a la presencia humana. Aún así, verles revolotear tan bajo, tan serios y tan grandes. Inmediatamente vinieron a mi memoria las escenas de “Los pájaros” de Hitchcock, el cine nos predispone al terror ante algunas especies de animales. Recuerden al odiado tiburón. Decidí irme.

Surgí de mi escondite y pensé que al verme elevarían sus vuelos. Subí deprisa la pendiente hasta el aparcamiento, los buitres ni se inmutaron. Siguieron a sus círculos casi a ras de suelo. En pocos minutos alcancé el inicio de la pista forestal. En efecto, el único coche era el mío. Desentonaba en el paisaje agreste y encantado del “desierto del Duratón”. Entré y puse el aire acondicionado. Recordé el momento que acababa de vivir y también reconocí que la lección me servía.  El silencio del buitre era la respuesta que había venido a buscar hasta aquí. Paciente, atractivo, envidiado pero cruel… espera verte inmóvil para saborearte. Desea que mueras para vivir, y no le importa cómo ni por qué. No eran los únicos buitres que me habían sobrevolado bajo últimamente.

Lancé una mirada agradecida a la nube de buitres y empecé el trayecto a casa. El polvo ocultó una última perspectiva en el espejo retrovisor de aquel lugar impresionante al que seguro volveré. Junto a un desfiladero del Duratón, un río que guarda secretos y unas piedras que curan por magia, por fe o por casualidad.

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