Hay lugares que por alguna razón desconocida atrapan los sentidos. Los estimulan en exceso hasta provocar un “síndrome de Stendhal” natural que te desnuda de prejuicios e incluso de razón. Es el momento preciso en el que aparece lo mágico y lo legendario. Con esa predisposición que quizá marcaba de antemano la experiencia decidí pasear en soledad por uno de los rincones cercanos que más me fascinan: la ermita de San Frutos de las Hoces del Duratón (Segovia).

Se iniciaba una tarde ardiente de finales de julio. Unas pocas nubes deshilachadas por un cielo azul brillante eran incapaces de ocultar el potente sol de verano. Elegí las dos de la tarde para garantizarme la soledad, para evitar intentar sentir entre un par de autobuses de turistas. Aparqué donde muere la pista forestal mientras terminaba de desaparecer la nube de polvo que había levantado al llegar. Solo había dos coches más en el aparcamiento. Me puse la mochila y me dispuse a recorrer los pocos cientos de metros que me separaban de una ermita que desde aquí todavía no es posible ni adivinar. De hecho, de no haber estado aquí antes, de no haberse empapado de guías y fotografías, nadie sería capaz de prever el espectáculo natural que está a punto de contemplar. El camino hasta el aparcamiento recorre el llamado “desierto del Duratón”. Un terreno llano de piedra y tierra anaranjada, de poca vegetación. Ni rastro del río desde aquí.

Comencé a caminar por el sendero que serpentea cuesta abajo. Solo se escuchaba el ruido de mis zapatos contra los pequeños cantos del camino. A varias decenas de metros sobre el suelo planeaban silenciosos decenas de buitres leonados. Ellos son los verdaderos amos de estos parajes. La colonia que habita en el Parque Natural Hoces del Río Duratón está considerada la mayor de esta especie de toda Europa. De plumaje en tonos marrones, cabeza blanca y despejada, pico carroñero y movimientos elegantes trazaban círculos en el aire de manera repetitiva e insistente. Algunos pasos más y las señales indican los lugares de interés. Bien merece la pena desviarse unos metros para asomarse al mirador. Ahora sí, la naturaleza te abofetea. El zigzag de desfiladeros en el que se empeño el río durante siglos ha esculpido la península en la que a lo lejos ya se puede ver la ermita. La caída es brutal, salpicada de oquedades en la roca caliza y algunas sabinas, pinos y enebros. Al fondo un generoso Duratón luce un color verde esmeralda en el centro del caudal que se torna turquesa cerca de las orillas. Un breve descanso para disfrutar del paisaje.

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De vuelta al sendero principal se hace más estrecho y aumenta la pendiente descendente. Ya no se pierden de vista ni los meandros, ni los buitres ni la ermita, así que el camino es siempre corto. En el único árbol capaz de dar sombra tomaba resuello una pareja joven. El calor era intenso y para ellos que volvían el recorrido es una subida algo exigente rondando los 30 grados. Bebieron un trago de agua, saludaron amablemente al cruzarse conmigo y continuaron su regreso. Siempre me resultó curioso cómo la naturaleza nos encuentra. Nunca te saludarían en una ciudad o en una gasolinera, pero aquí es inevitable esbozar una sonrisa cómplice. Nadie parece desconocido. “Serán los dueños de uno de los otros dos turismos del aparcamiento”; pensé. Ya solo quedaban como mucho unas cinco personas más en el paraje.

La ruta se iba encogiendo por momentos, imposible evitar ir asomándose a ambos lados para sumar las perspectivas de los meandros. Hay que llegar a cruzar el pequeño puente de piedra que salva “la Cuchillada” de San Frutos, uno de sus milagros. Para contener un ataque de los musulmanes hizo una línea con su vara en el suelo e inmediatamente la roca se partió causando una hendidura que dejó la península donde se asienta la ermita convertida en una isla inexpugnable. El puente permite superar ahora el tajo. Al cruzar, la última pendiente hasta la ermita de San Frutos. Un enclave cargado de historia, leyendas e incluso poderes esotéricos. Situado en un reconocido punto de energía telúrica (llamada así a la energía que procede del interior de la Tierra y que fluye ascendente a través de fallas o ríos subterráneos, las fuentes menos científicas también la asocian con centros energéticos terrestres que se cruzan con la energía cósmica), siempre ha llamado la atención y la atracción del hombre. En este lugar tan apartado y de complicado acceso hay evidencias humanas desde la prehistoria. La actual construcción románica del siglo XII se levantó sobre otra visigótica del siglo VII. Delante una necrópolis excavada directamente en la roca datada en el siglo X y detrás los restos de un pequeño monasterio.

Es especial, eso no hay duda. A mi me importa poco si el responsable es el punto telúrico, el legado del Patrón de Segovia o los efectos de la belleza. Tras vagar entre los muros rotos del monasterio decidí sentarme a la sombra del ábside de la ermita. Sin más sonido que el de una ligera brisa, es fácil que el lugar resulte terapéutico. Más aún descansando a un muro de distancia de la “piedra milagrosa”. Un gran sillar del templo primitivo que está oculto en la base del retablo. Se puede acceder a él a través de un pasadizo por el que hay que pasar de rodillas y dicen que si se realiza el recorrido con fe tres veces cura y previene diversos males, sobre todo las hernias. La ermita estaba cerrada y yo ando escaso de fe y (por suerte) de hernias así que no había posibilidad de comprobar la habilidad curandera del Santo.

Unos minutos absorto hasta que escuché un par de voces en la lejanía. Llegaban intermitentes, no sabría decir de cuántas personas ni desde dónde. Serían los que llegaron en el último coche del aparcamiento o quizá una experiencia misteriosa en soledad. Me incorporé para buscar a los dueños de las voces. Desde la sombra del ábside se veía todo  el camino recorrido y no había nadie. Debían volver de la zona más lejana de la península, donde hay una construcción con una imagen de San Frutos y el cementerio donde se cree que fue enterrado él y sus hermanos. Ahora los restos de todos reposan en la Catedral de Segovia.

Las voces cesaron y no sé si eso me agradaba o me inquietaba más. Al menos quedaba un coche en el aparcamiento, había explicación. Con el misterio en el cuerpo decidí empezar el regreso. Al bajar localicé una buena zona sombría de árboles y piedras que sería perfecta para tomar un tentempié. No sabía que todavía me esperaba lo mejor de esta experiencia, ahora estoy seguro que fue lo que me había llevado aquel día hasta allí, solo y pensativo. Al corazón misterioso y silencioso del Duratón.

(Continúa… “El silencio del buitre II”)

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