Antes una sucesión de olas de calor se llamaba verano. Los consejos para evitar un golpe de calor eran las órdenes de las madres recitadas al unísono cada mañana. La alerta naranja suponía dejar pasar dos horas después de comer y antes de lanzarse a la piscina, sin poder escatimar algunos minutos como sucedía si el aviso era solo amarillo. Antes el verano paralizaba todo, se adormilaba como una siesta de mes y medio donde pocas cosas tenían la suficiente importancia como para dedicarles esfuerzo antes de la caída del sol. No había estridencias ni acechaban las catástrofes. La vida huía de las oficinas, se escapaba de los despachos y se trasladaba a las terrazas y a las playas en otras épocas del año solo fotografiadas por temporales o tragedias sobre patera.

Ahora solo el termómetro mantiene la compostura. Vivimos un julio con una colección de días decisivos para Europa y veremos un agosto que lejos que enfriar las agendas empezará a lanzar la segunda hornada de campañas electorales de este 2015. La política no quiere darse vacaciones, en su espiral de año histórico… tanto por el susto como por la esperanza que provoca la expresión. Hasta el presidente del Gobierno está ya más con la chaqueta popular que con la institucional. A golpe de decreto y BOE desliza entre mojito y caipiriña rebajas de estío como un adelantado descenso del IRPF y del impuesto de sociedades. Dice que es devolver los esfuerzos dada lo bien que mejora la economía, antes se llamaba comprar votos con decisiones exclusivamente electoralistas.

Ya no se respeta el verano. Con tanto trabajo va a ser complicado dejarse llevar por las aventuras de paseo marítimo, los besos fugaces acompasados a las olas y los pasodobles en las verbenas de los pueblos.

Las nuevas corporaciones municipales y gobiernos autonómicos están estrenando despachos, acumulan las reuniones para organizar su inmaculada legislatura. Nadie saca las maletas, la oposición ajetreada haciendo primarias y cerrando listas. Por suerte, los fuegos más importantes de los que se habla este verano están dentro de los partidos, con varios “quítate tu para ponerme yo” y “aquí se hacen las primarias que yo diga”. El PSOE no deja de reclutar expertos, que tampoco cerrarán sus oráculos en agosto, para tener lista la alternativa real y patriota que tiene en oferta Pedro Sánchez. Estudiar los cambios estructurales de la economía a 40 grados o trazar una propuesta de reforma constitucional bajo el chorro de aire acondicionado.

Ya no se respeta el verano. Con tanto trabajo va a ser complicado dejarse llevar por las aventuras de paseo marítimo, los besos fugaces acompasados a las olas y los pasodobles en las verbenas de los pueblos. Ese oxígeno que lograba cargar las pilas para volver a renacer en septiembre. Hasta eso nos quieren quitar este año. El verano mental es igual de importante o más que el climático. Aplacen las jornadas clave para cuando refresque. No se lancen a los mítines hasta que los días mueran antes de las nueve. Permitan que el oasis de toalla y sombrilla no sea solo para el turismo extranjero, las fotos de los famosos en las calas de Ibiza o en las fiestas de Marbella, los telediarios plagados de reportajes livianos y noticias rebuscadas. La cerveza bien fría y el periódico delgadito.

Un respiro, por favor.

Artículo publicado en Publicoscopia
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