El horror de lo que estos días vuelve a vivirse en la Franja de Gaza es el horror de la guerra. Según el propio ejército israelí de los más de 800 muertos palestinos contabilizados hasta ahora,  solo 230 eran combatientes de Hamás. El resto han sido civiles asediados y masacrados a bombazos durante días.

gaza-bombaLas organizaciones de ayuda internacional aseguran que “ningún sitio es seguro para los civiles en Gaza”  y piden que la diplomacia consiga un alto al fuego que pare este nuevo episodio de barbarie entre dos pueblos en los que el odio y la venganza puede más, en los que la sangre siempre termina venciendo a las palabras.

Parar la guerra debería ser la prioridad de la comunidad internacional, y no escudarse o hacerse los remolones por las implicaciones estratégicas, económicas y políticas de Israel.  Un conflicto tan enquistado como este necesita de una solución lenta, pero al menos hasta lograrla habría que conseguir una convivencia en paz, que se acepten en la diversidad. O al menos respeten las vidas de las familias, las vidas de las decenas de niños que están muriendo cada día sin ser culpables de su historia ni su religión.  Parece mentira que uno de los pueblos más perseguidos y masacrados de la historia, el pueblo de Israel, sea capaz de cometer las mismas atrocidades que causaron su dolor más profundo. No se trata de ponerse de ningún lado, los ataques de Hamás son igual de condenables que los bombazos de Israel. Se trata de forzar soluciones definitivas para un conflicto que dura ya demasiado.

PAZ Y DIÁLOGO para construir un futuro sin muerte y sin ruinas.

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