De regreso a mi “Nunca Jamás”

Vencido por el esfuerzo, retirándome el sudor de los últimos pasos y bajo la gorra que intenta esconderme del intenso calor de verano. Una última zancada dibuja una de las sonrisas más sinceras posibles. Desafío conseguido. Hemos superado la canal y ante nosotros se abre un verde valle con un encanto difícil de describir con palabras.
Un paraje mágico,  protegido por grandes montañas, en el que uno entra con la sensación de ser un privilegiado, como  invadiendo un santuario natural que no está pensado para un adolescente de finales del siglo XX. Con un solo movimiento  hago caer la mochila y mis hombros reciben el frescor de una leve brisa agradable. Hemos llegado a un lugar donde somos intrusos, donde la naturaleza nos vigila con recelo mientras nos regala la felicidad de reencontrarnos con nuestra verdadera esencia.

2jch

Es una escena rescatada de la memoria. Ocurrió hace más de 15 años, y en aquel tiempo, era relativamente habitual. Los scouts me permitieron aprender a amar, a proteger y a intentar defender la naturaleza. Estos días, una conversación con un amigo me hacía evocar y revivir todos aquellos momentos. Trajo a mi memoria decenas de instantes que se recrean en el presente incluso pudiendo percibir los olores y los sonidos.

Algunas voces a lo lejos, la mayoría siguen en la gran tienda comedor azul alumbrada por un par de “campingaz”. Cinco amigos nos alejamos en la noche oscura. Llevamos ya varios días de campamento y somos capaces de orientarnos casi sin encender la linterna. Ahí están nuestras tiendas, allí el río, y unas decenas de metros más allá el camino hacia el pueblo… Llevamos media docena de esterillas y un par de mantas. Aquí donde la conversación de los demás es ya solo un murmullo desplegamos las esterillas sobre la hierba que ya comienza a estar húmeda por el rocío.
Nos tumbamos, nos repartimos bien las mantas y elevamos la mirada. Prácticamente todos a la vez y casi en silencio. Y allí, en mitad de la montaña, el universo se despliega como en pocos otros lugares. Todo llama tu atención, todo te hace sentir minúsculo, todo te sobrecoge. Intentamos localizar las constelaciones que unas horas antes nos enseñaron los monitores. Hablando muy bajito, como si cualquier estridencia pudiera terminar con el hechizo que supone tanta belleza.

Recuerdos de paisajes a los que jamás regresé, y que siguen estando ahí. Memoria de cielos estrellados que nunca más disfruté pero que se pueden ver al alejarse de  nuestro ecosistema de cemento, ladrillo y luz anaranjada. No hay ninguna razón para no reencontrase con ellos, a no ser que obedezcamos aquella letra de Sabina: “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. A no ser que creamos que pertenecen a un “Nunca Jamás” donde no esta permitido regresar.

Odio que la rutina gane la batalla y que la ciudad nos engulla haciéndonos creer que no hay tiempo para abandonarla a tiempo. Me recrimino no haber opuesto resistencia. Apuesto por traicionar a la ciudad para no traicionarse a sí mismo. Somos árboles, montañas, ríos, animales, tierra, fuego y estrellas. Solo arropados por ellos podemos sentirnos.

Prometo volver a tiempo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s