Seamos un cortafuegos al info-espectáculo

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La forma más sencilla de definir el periodismo es que consiste en contar y explicar lo que sucede a nuestro alrededor. Cada soporte con sus herramientas, y todos sustentados en el valor de la pregunta para conocer el qué, cuándo, dónde, a quién, cómo y por qué suceden las cosas. La prensa con las palabras y las fotografías, la radio con la voz y los sonidos, la televisión con el vídeo y los medios digitales con todos los soportes a la vez. Yo hablaré de televisión, el medio que mejor conozco y donde voy acumulando cierta experiencia. Aunque muchas de las reflexiones son perfectamente extensibles al resto de medios cambiando unas pocas palabras. Es ir a la misma pelea, pero con distintas armas.

El periodismo. Un oficio este, el de contar historias con todo el rigor y la veracidad de la que seamos capaces, que se complica más de lo que puede parecer en un principio. Hay que saber qué contar, cómo contarlo y la responsabilidad que supone que lo que la gente vaya a saber de una noticia es lo que tu decidas contarle. Hay que seleccionar datos, imágenes y testimonios. Comprobar versiones, hacerse preguntas y encontrar voces competentes que nos den las respuestas. Intentar torear favoritismos, presiones y a la vez respetar la línea editorial del medio para el que trabajas. Esa es la teoría.

Un puzzle complejo si queremos resolverlo bien, a tiempo y sin atajos. Un rompecabezas que sube de nivel en uno de los puestos más apasionantes del periodismo de información: el editor de informativos. Es el encargado de la selección de temas de un informativo. Quien debe decidir y orientar qué se va contar y cómo se va contar. A qué damos importancia y qué dejamos fuera. En un ejemplo bastante visual, es el encargado de elegir con qué puñado de cubos de agua podemos explicar un océano. Porque cada día hay tantas historias posibles como personas y lugares. Tenemos que decidir qué pedazos de la realidad vamos a difundir y a quién vamos a servir de altavoz, intentando que sean lo más relevantes para nuestra audiencia, los que les permitan considerarse informados de la actualidad. Por eso es apasionante, también por eso es difícil, y por eso, de la misma jornada hay tantos informativos posibles como editores.

Explicar en unas pocas líneas qué se tiene en cuenta a la hora de editar un informativo sería un ejercicio pretencioso y casi imposible. Pero para poder ahondar en algunas reflexiones que quiero subrayar más adelante es necesario conocer, al menos ligeramente, cómo se trabaja en este puesto. Quizá se pueda resumir con un juego. Hacer una lista con los temas posibles (en televisión serían a los que llegan nuestros equipos, de los que podemos conseguir imágenes, los que tenemos en agenda y de los que nos hemos enterado) e ir elaborando un ranking de su relevancia. Ya, pero ¿eso cómo se hace? ¿Cómo se decide la importancia de cada noticia? No es sencillo ni matemático, pero subirán en el ranking las que sean más actuales, afecten a más personas, impliquen peligros, haya víctimas, participen autoridades, supongan consecuencias, sean más próximas o interesen a grupos amplios de la población. En menor medida debería “puntuar” que sean espectaculares, sorprendentes, impactantes o provoquen emociones al espectador.

Y este era el punto del camino donde quería llegar. Hace poco tiempo tuve la suerte de poder participar en una conversación con una de las grandes maestras del periodismo de nuestro país, Rosa María Calaf. Ella ha contado cientos de noticias, con los contenidos más duros y trágicos de la historia mundial reciente desde Estados Unidos y Asia. La “Calaf”, como se la conoce en el mundillo periodístico, critica un fenómeno que vive la televisión actual: los informativos se han convertido en un espectáculo. Unos espacios donde, en muchos casos, no prima la relevancia de la información, si no la capacidad de generar emociones que tenga cada noticia. Dicho de otro modo, la imagen más impactante, más sobrecogedora, la que pueda hacer llorar o estremecer al espectador se dispara en el ranking de edición. Tanto que desplaza temas de interés, menos “espectaculares” y que nunca se cuentan.

Los informativos de televisión han entrado en la guerra de diseñarse para competir por la atención del espectador. El “info-espectáculo” está de moda. Se busca y se exige. Y no es una variable baladí. Porque si decidimos en función del espectáculo de la imagen solemos dejar fuera explicaciones de por qué sucede, análisis y preguntas, consecuencias, aportaciones de expertos… porque todo eso no casa demasiado bien con el show. En esa carrera por llamar la atención también solemos quedarnos en la superficie de las cosas. Porque lo que hoy nos deja boquiabiertos, mañana casi no sorprende (va cayendo en el ranking) y pasado mañana ya no interesa (ni siquiera aparece en el informativo). Si la relevancia la da el espectáculo, una guerra se cuenta en la secuencia de una bomba destruyendo un edificio; un accidente aéreo en el momento en el que avión se estrella contra el suelo; la conmemoración de un hecho histórico en el mayor castillo de fuegos artificiales del mundo; una hambruna en el rostro de un niño malnutrido; la salud de los océanos en el momento del parto de una ballena; o un atentado en una hilera de cadáveres tapados bajo sábanas. Nunca explicaremos el por qué. Nunca volveremos a buscar a los protagonistas de aquellas imágenes para saber qué fue de ellos. Nunca analizaremos quién puede hacer algo para cambiar las cosas.

Decir que este fenómeno es culpa del editor del informativo sería una explicación completamente ingenua. La televisión espectáculo es una tendencia global que afecta a todos sus contenidos. Sin embargo, en los servicios informativos los editores (y antes de ellos, los directores de informativos) sí pueden ser un cortafuegos. Al menos para apostar menos por el info-espectáculo y más por el rigor informativo. No nos dejemos llevar por el show, porque al final, tomamos algunas de esas decisiones de nuestro “ranking” arrastrados a esa carrera por lo impactante y no tanto, porque así nos lo hayan marcado como directriz. Si nos exigen espectáculo, al menos demos también las explicaciones, las causas y las consecuencias, no olvidemos tan rápido. No abandonemos a las víctimas de una guerra, un accidente, un incendio devastador, una decisión política que cambiará sus vidas… al tercer día, porque eso la lo contamos dos veces antes y ya no nos sorprende. Seamos autocríticos y responsables.

A los espectadores les pediría que premien los buenos “rankings”. Que sigan, apoyen y feliciten a los que apuestan por las esencias del periodismo. A los periodistas que les permiten sentirse informados de verdad, tener respuestas, que les respetan y protegen su derecho a una información veraz. A los que les permiten poder explicar el océano en un puñado de cubos de agua.

(Artículo para DocPastor.com)

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