El rey de la cáscara de nuez

walnut boats (1)“Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito” (“Hamlet” de  William Shakespeare). Una sola frase que resume todo lo que hoy quería escribir.  En el silencio de una noche de verano, al abrigo de dos lámparas de cálida luz tostada, con la extraña lucidez que da llevar varias semanas al margen de lo cotidiano, hay veces que parecemos encontrar verdades importantes. Esas que otros habían hallado ya pero que nosotros no habíamos sido capaces de entender con tanta claridad hasta este preciso instante.

Viajamos en nuestra cáscara de nuez, de la que somos reyes aunque a veces nos sintamos vasallos. Somos capaces de que sea minúscula o de que se convierta en inmensa. Nuestro reino lo creamos nosotros, y también lo destruimos nosotros.  Y aunque no queremos admitirlo somos los únicos responsables de sus normas y sus leyes. Mandamos en nuestra cáscara de nuez pero sin embargo muchas veces frenamos impulsos que crearían esos destellos de felicidad de los que se compone la vida que merece ser recordada. Nuestras normas, vergüenzas, convencionalismos, miedos y un mal entendido “sentido común” a veces asfixian esas chispas que causan una sonrisa y que nos hacen reír por dentro durante unos segundos.  A veces aplastan nuevas opciones que podrían cambiar nuestras vidas. Encarcelamos nuestra propia libertad.

Qué le importa al mundo lo que hagamos si no hacemos daño a nada ni a nadie.  Pero nuestro lado convencional se encarga de maltratar la locura de la felicidad. Se encarga de achicar nuestra cáscara de nuez, de que deje de ser infinita para medir unos pocos centímetros. De imponernos todo lo que no debemos hacer para que los demás no nos critiquen o cuestionen. De marcarnos con convencionalismos inútiles que nos hacen cada día un poco más grises.  De construir barreras, fronteras y límites. De decidir de antemano que es lo que podemos o no conseguir,  a que podemos optar y que queda demasiado lejos. Pero no permitamos que nos gane la batalla. Tenemos que seguir robando instantes felices.

Yo soy un hombre de cuentos, de inventos y de juegos constantes.  Con los pies en la realidad, la imaginación me permite ensanchar la cáscara de nuez. Crear una barrera ante la crueldad de la vida real,  de lo que ya nos toca vivir a pie de calle. Pero en mi cáscara de nuez sigue habiendo mares infinitos, animales que hablan, príncipes y magos. No hay hadas, porque están en Nunca Jamás, y no hay princesa, porque todavía no he encontrado el castillo en el que la tienen encerrada.  Hay sueños, tantos, que tendría que vivir varias vidas para poder cumplirlos todos.

Hay ilusión. Mucha ilusión. Porque es el material del que está hecho mi reino. Soy el rey de un espacio infinito y sin fronteras que no consigo abarcar con la mirada ni en los días más claros.

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