Ahora nos sorprendemos de la facilidad con la que los niños son capaces de manejar los teléfonos móviles, las videoconsolas o internet. Nos impresiona hablar con adolescentes y jóvenes que no conciben su vida sin las nuevas tecnologías. Los que crecimos teniendo que quedar con los amigos antes de salir de casa, a través de un teléfono fijo; los que usábamos las cabinas para decir que llegaríamos un poco más tarde; los que nos quedamos con la boca abierta viendo como un avión hecho con cuatro líneas era capaz de disparar en una pantalla de tonos verdes… no entendemos lo que sienten los que aprendieron que el mundo ya venía con wifi, sms y redes sociales. Es lo que ya se ha bautizado como nativos digitales, como hijos de la era de las comunicaciones.

Ahora nos encontramos en otra encrucijada, pero esta no es tecnológica, es una encrucijada social y económica. La crisis que estamos arrastrando desde 2009 y que todavía no sabemos cuando terminará no es una crisis más. Está cambiando nuestra sociedad, tanto que puede ser un antes y un después en lo que todavía llamamos capitalismo. Por eso, quizá todos los que están naciendo y han nacido en los últimos años podrían ser bautizados como los hijos de la crisis. Es posible que el mundo en el crezcan, el único que conozcan,  sea muy distinto al que nosotros llegamos a vivir.

Dicen los expertos que muchas cosas que ha cambiado esta crisis no tienen marcha atrás, nunca volverán. Que el crecimiento y la bonanza que vivió España entre los 80 y los primeros años del siglo XXI son un etapa irrepetible. Quizá quede como la etapa en la que mejor vivimos.  En los últimos años, por encima de nuestras posibilidades, pero no nos dimos cuenta o no nos quisimos dar cuenta.

Los hijos de la crisis quizá vean muy normal que los trabajos nunca duren toda la vida, que lo habitual sean los contratos precarios temporales.  Que no es difícil que te puedan despedir de un trabajo aunque lo hagas bien. Que las administraciones públicas nunca tienen demasiado dinero, lo justo para ir tirando. Que las decisiones importantes se toman lejos, en Bruselas. Que el banco nunca da más dinero del que puedas devolver y encima te exigirá serios avales. Que una vivienda no es un negocio y una inversión que nunca baja de precio. Que los soldadores o encofradores (o cualquier otro oficio de la construcción) no son profesionales con un enorme tren de vida cobrando mucho más que un licenciado universitario. Que España es el país más pobre de entre los más ricos, y el más rico entre los pobres.

Desde luego que habrá tiempos mejores que el que nos está tocando vivir. Saldremos de la crisis, seguro. Pero nunca volveremos a una etapa de bonanza y de gasto tan generalizada y enorme. Hubo una época en la que fuimos nuevos ricos. Ahora nuestros hijos, son los hijos de la crisis. Si nuestros abuelos nos contaban las historias de una postguerra en la que se pasaba mucho hambre… nosotros les contaremos como hubo un tiempo en el que todos tuvimos un fajo de billetes, más o menos grueso, pero para gastarlo sin pensar demasiado en el futuro.

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